Filosofia i Pensament Ramon Alcoberro amb la col·laboració de Júlia Torres i Canela

ALGUNAS FRASES DEL DISCURSO DE JOHN GALT

(Y UN COMENTARIO SUBJETIVO)

Ramon ALCOBERRO

«Durante doce años te has estado preguntando: ¿Quién es John Galt? Yo soy John Galt. Soy el hombre que ama a su vida. Soy el hombre que no sacrifica su vida ni sus valores. Soy el hombre que te ha arrebatado tus víctimas y de esa manera ha destruido su mundo. Y si quieres saber porque estás agonizando –tú que tanto le temes al conocimiento– soy el hombre que te lo va a decir (…)».

En el cap. VII de la Tercera parte de LA REBELIÓN DE ATLAS, (This is John Galt Speaking) el discurso de John Galt presenta en el cuerpo de la novela los fundamentos de lo que un poco más tarde Ayn Rand denominará «objetivismo», su sistema filosófico que se basa en el individualismo radical y en la “libre” competencia. En este artículo recogemos y comentamos algunas de las frases centrales de ese discurso. Para situarlas conviene saber que, en la novela, una huelga de individuos creadores ha dejado la Tierra sumida en la inoperancia y el caos – y Galt, el líder de la revuelta, emite ese discurso por radio tras sabotear las comunicaciones en todo el planeta:

«Has oído decir que ésta es una época de crisis moral. (…) Como para ti la virtud consiste en el sacrificio, has exigido más sacrificios a cada nuevo desastre», p. 1.083.

Para Ayn Rand el error básico de la moralidad tradicional es haber inculcado el espíritu sacrificial en los individuos. Esa es una crítica que no recoge de Nietzsche (con cuyo emotivismo no estaba de acuerdo) sino más bien de los nihilistas individualistas rusos del XIX y, más en el fondo, de Carlyle.

«Has sacrificado a la justicia por la misericordia. Has sacrificado a la independencia por la unidad. Has sacrificado a la razón por la fe. Has sacrificado a la riqueza por la necesidad. Has sacrificado a la autoestima por la negación de ti mismo. Has sacrificado a la felicidad por el deber», p. 1083-1084.

El pensamiento de Ayn Rand es profundamente dicotómico (ella pretendía derivarlo de la lógica aristotélica y del principio de identidad (A:A), pero su lectura no tiene nada que ver con Aristóteles). A un lado estarían los valores de la individualidad, en el otro los del colectivismo y de la tradición cristiana. Ay Rand era atea porque consideraba que la creencia en Dios (y los valores derivados del Sermón de la Montaña) es un artificio cuyo único sentido es la negación del valor del individuo creador y la sumisión del creador a la colectividad.

«Has destruido todo lo que considerabas malo y obtenido todo lo que considerabas bueno. ¿Por qué entonces, retrocedes horrorizado al ver el mundo que te rodea?», p. 1.084.

El igualitarismo (cristiano, socialista) acaba, según Ayn Rand por crear un mudo donde la originalidad y la creatividad están proscritas y cuyo horizonte es una vulgaridad estética, por un lado, y un sistema burocrático y funcionarial por el otro.

«¿Dices que el hombre no vive gracias a su mente? Me he llevado a los que sí lo hacen. ¿Dices que la mente es impotente? Me he llevado a las personas cuya mente no lo es. ¿Dices que hay valores más elevados que la razón? Me he llevado a aquellos para quienes no los hay.», p. 1.084.

Ayn Rand basa su teoría “objetivista” en la existencia de hechos que considera objetivos (entre ellos la superioridad de unos hombres sobre otros y la superioridad de un sistema de libre competencia sobre otro de colaboración). En consecuencia, niega el papel de las emociones y de cualquier otro elemento (la tradición, la costumbre, la comunidad, etc.). Nada puede estar sobre la lógica abstracta.

«Nos declaramos en huelga contra la autoinmolación, contra la doctrina de las recompensas no merecidas y de los deberes no recompensados, contra el dogma de que la búsqueda de la felicidad es pecado, contra la doctrina de que la vida es culpa», p. 1.084.

Según Ayn Rand el filósofo más lamentable de la historia es Kant y la doctrina más nefasta es el imperativo categórico, cuyas consecuencias lleva a la autoinmolación de la creatividad humana. La sumisión del creador a la multitud no solo implica la castración de lo mejor de cada hombre, sino que impiden la mejora de la humanidad y la justa retribución del creador.

«Sí, esta es una época de crisis moral», p. 1.085

La crisis moral de la humanidad es, para Ayn Rand, la consecuencia del socialismo cuya victoria es la del igualitarismo y de la burocracia.

«Nunca has escuchado otros conceptos morales que no sean los místicos o los sociales», p.1.085.

«Durante siglos. La batalla moral fue librada entre quienes sostenían que sus vidas le pertenecen a Dios y quienes sostenían que les pertenecen a sus vecinos; entre aquellos que predicaban que el bien es el autosacrificio en beneficio de fantasmas en el paraíso, y aquellos que predicaban que el bien es el autosacrificio en provecho de los incompetentes en la Tierra. Y nadie te ha dicho que tu vida te pertenece y que el bien reside en vivirla plenamente», p. 1.085-1086.

Cristianismo y socialismo son los sistemas que se oponen al objetivismo en nombre de un mundo puramente hipotético (el ‘más allá’ transmundano en el primer caso y el supuesto valor superior de la comunidad sobre el individuo en el otro). Son en ambos casos doctrinas cuyas consecuencias llevan directamente a un mudo planificado e incapaz de crear.

«Hay sólo una alternativa fundamental en el universo: existencia o no existencia», p. 1.086.

Para Ayn Rand solo el creador existe realmente en tanto que existe para sí mismo. Existir para los demás es subordinarse a ellos y, en consecuencia, condenarse a ser infeliz.

«Una doctrina que te proponga como ideal el papel de un animal expiatorio que solo quiere ser inmolado en los altares de los otros, te está dando a la muerte como parámetro», p. 1.088.

Nietzsche hablaba también de “los adoradores de la muerte” (los cristianos) como perversos morales. En Ayn Rand es el mercado el único regulador real de la actividad social y la única instancia de realización del valor – una doctrina cuya vigencia Nietzsche habría considerado claramente nihilista.

«La realidad es aquello que existe; lo irreal no existe; lo irreal es meramente esa negación de la existencia que ocupa una conciencia humana cuando intenta abandonar la razón», p. 1.091.

Ayn Rand se consideraba epistemológicamente realista y éticamente individualista. Pero al reducir la realidad a “aquello que existe” negaba paradójicamente una de las tesis centrales del realismo: la que considera los proyectos individuales también como realidades objetivas. Eso la conduce a una situación paradójica, pues un creador sin proyectos (que aún no existen como tales) jamás podría ser creador.

«Mi moral, la moral de la razón, está contenida en un solo axioma: la existencia existe; y en una única elección: vivir. El resto deriva de ella. Para vivir, el hombre debe considerar tres cosas como los valores supremos que rigen su vida: razón, propósito y autoestima. La Razón, como su única herramienta para el conocimiento. El Propósito, como su elección de la felicidad que esa herramienta procederá a lograr. Autoestima, como la inviolable certeza de que su mente es competente para pensar y de que su persona es digna de ser feliz, lo cual significa que es digna de vivir. Estos tres valores implican y requieren de todas las virtudes humanas, y todas ellas pertenecen a la relación entre la existencia y la conciencia: racionalidad, independencia, integridad, honestidad, justicia, productividad, orgullo», p. 1.097.

«Razón, propósito y autoestima» son, para Ayn Rand los ejes centrales de la existencia humana, cuya objetividad es para ella de carácter axiomático. Han sido después también los principios de lo que se denomina “autoayuda” en psicología. Ninguna de ellas es de carácter social y para Ayn Rand surgían espontáneamente en los hombres libres.

«El símbolo de todas las relaciones de esos hombres, el símbolo moral del respeto por los seres humanos es el comerciante. Nosotros, los que vivimos según valores, no saqueos, somos comerciantes, tanto en lo material como en lo espiritual. Un comerciante es alguien que gana lo que obtiene y no da ni toma lo inmerecido. Un comerciante no pretende que se le pague por sus fracasos, ni que se lo ame por sus defectos (…) Los parásitos místicos que a través de las épocas han denigrado a los comerciantes y los han mantenido en el oprobio, al tiempo que brindaban honores a los pordioseros y saqueadores, siempre tuvieron claro el secreto motivo de sus burlas: un comerciante es la entidad a la que temen: un hombre justo», p. 1.097.

En la obra de Ayn Rand el Comerciante es el Héroe de Carlyle y el Superhombre de Nietzsche; es decir, el que establece el valor real y el que restablece el principio de realidad. Superior al guerrero porque no usa la fuerza física y superior al místico, porque no busca su recompensa en el más allá, el Comerciante satisface las necesidades humanas y, por lo tanto, es un ser benefactor, pero no pretende ejercer una beneficencia abstracta sino lograr un provecho personal que redunda en beneficio de todos.

«Cundo clamas por la propiedad pública de los medios de producción estás clamando por la propiedad pública de la mente», p.1.125

El socialismo que para Ayn Rand es una aberración moral cuyo resultado es la miseria, no podría existir sin que previamente se colonizase la mente de los individuos con ideas erróneas sobre la igualdad, sobre la caridad y sobre la sumisión de la individualidad a lo colectivo. Ayn Rand no podía saberlo, pero un marxista italiano, Antonio Gramsci, opinaba lo mismo. Primero se vence en el nivel de las ideas y luego en el de la economía. Por eso mismo, buena parte de los modernos defensores neoconservadores de las posiciones de Rand son también gramscianos.

«El hombre que se niega a juzgar, que no acepta ni rechaza, que declara que no hay absolutos y cree que escapa a la responsabilidad es el responsable de toda la sangre que hoy se está derramando en el mundo. La realidad es un absoluto, la existencia es un absoluto, una partícula de polvo es un absoluto y también lo es la vida humana. La diferencia entre vivir y morir es un absoluto. Tener o no un pedazo de pan es un absoluto. La diferencia entre comer tu pan o verlo desaparecer en el estómago de un saqueador es un absoluto» p.1.131

El relativismo moral es un adversario/enemigo absoluto del objetivismo de Rand. O se está en un bando o se está en el otro, sin matices. Filosóficamente eso es contrario al más mínimo conocimiento sobre el funcionamiento del lenguaje (el significado de cualquier palabra en el lenguaje ordinario solo puede ser establecido con un considerable nivel de ambigüedad); pero ver el mundo en blanco y negro era una característica de la filosofía de Ayn Rand.

«Cuando un vagamundo descalzo en algún agujero apestoso de Asia te grita ‘¿Cómo te atreves a ser rico, le pides disculpas, le ruegas que sea paciente y le prometes que lo donarás todo», p. 1132

Ayn Rand detestaba particularmente el movimiento gandhiano que consideraba una farsa (de hecho, hoy se sabe que Gandhi era básicamente subvencionado por la burguesía india del textil), y consideraba que el imperialismo no era el culpable de la situación del entonces llamado “Tercer Mundo” cuyos líderes, simplemente, eran unos incapaces, intelectualmente muy limitados. Estuvo, sin embargo, claramente en contra de la guerra de Vietnam porque era contraria al imperialismo – lo que no puede identificarse de ningún modo con que tuviese ningún tipo de simpatías por los vietnamitas.

«Como medida básica de autoestima asume que cualquier exigencia de ayuda es la señal de un caníbal», p. 1137

Ningún hombre tiene derecho a pedir ayuda, ni ningún hombre tiene obligación moral de prestar ayuda, excepto en circunstancia excepcionales. Simplemente, cada cual debe saber dónde se mete, qué hace con su vida y cuáles son las consecuencias de sus actos. Peor para él si se deja engañar. La responsabilidad personal por los propios actos es algo de que nadie puede escapar. De la misma manera nadie tiene ninguna responsabilidad por los actos ajenos.

 

Las referencias a LA REBELIÓN DE ATLAS se dan por el texto de Edición Grito Sagrado, Buenos Aires. Tercera ed., junio 2009.

 

 

 

© Ramon Alcoberro Pericay