Filosofia i Pensament Ramon Alcoberro amb la col·laboració de Júlia Torres i Canela

ALGUNAS NOTAS SOBRE PITÁGORAS

Tal como escriben Laks y Most en su monumental Early Greek Philosophy (2016), es complicado decir algo sobre Pitágoras por tres razones solo parcialmente independientes las unas de las otras: “El carácter evanescente y casi mítico de la persona y de las enseñanzas de Pitágoras; el carácter anónimo de una gran parte de las informaciones que sobre él nos han sido transmitidas y la existencia de una basta literatura pseudoepigráfica, que pese a que la mayoría de las veces sea recuperable como tal, comporta también textos sobre los que se puede dudar sobre si son, o no, atribuibles a pitagóricos antiguos, especialmente a Filolao y a Arquitas.” Sobreabunda la información sobre Pitágoras, pero mucha es tardía y de poco valor. Testimonios contradictorios y poco dignos de crédito que parecen decirnos “demasiado, o demasiado poco”, sobre Pitágoras.

Las fuentes sitúan la madurez de Pitágoras alrededor de 540-450 a.C. y su nombre es mencionado dos veces por Heráclito en el siglo VI. Puede, pues, que fuese contemporáneo de Anaxímenes. Nacido en Samos, no lejos de Mileto, emigró al sur de Italia durante la tiranía de Polícrates más o menos hacia el año 530. Que hubiese marchado por razones políticas, o no, puede discutirse; pero su escuela tenía un marcado sesgo político ultraconservador y numerosas ciudades itálicas fueron gobernadas por pitagóricos. Además, todas las fuentes coinciden al transmitir que la comunidad (hetaría) pitagórica estaba profundamente marcada por el carisma de su líder. Temas como el silencio obligatorio de los miembros de la comunidad, las prácticas de iniciación, la regulación estricta de los criterios de pertenencia al grupo, la obsesiva ritualización, las prohibiciones alimentarias y el secreto sobre sus actividades, parecen llevarnos al ámbito de las sectas religiosas. El personaje es un “maestro de la verdad”, director de conciencia, mago o charlatán; pero fuera lo que fuese debió resultar ya para sus contemporáneos alguien sorprendente y casi sobrenatural. Aristóteles nos ha explicado que entre los pitagóricos el maestro ostentaba una categoría intermedia entre el dios y el hombre – de la misma manera que es obvio que los pitagóricos se consideraban a sí mismos una élite de escogidos y entrar en la secta no era precisamente fácil. Los pitagóricos se llamaban “amigos” entre sí. Se atribuye a Pitágoras el precepto que obliga a: “Honrar a los amigos como a dioses, pero someter a los demás como animales” y su estilo de vida implicaba una “colectividad emocional”, por decirlo con Christoph Riedweg (Pitagora, vitta, dottrina e influenza, trad. italiana, 2007 – ed. or. alemana, 2002).

Según los pitagóricos “el número [es] la cosa más sabia”. De números están constituidas todas las cosas corpóreas y también la armonía musical; y el “entero cielo” se mueve armónicamente. Es Aristóteles quien nos dice que el arché pitagórico fue el número, pero el número no tiene solo un sentido matemático. Es, especialmente, un principio de orden. Jámblico nos ha transmitido una lista de preguntas que los miembros del grupo pitagórico parece que habían de saberse de memoria (D20):

“¿Cuál es la cosa más justa? – Sacrificar.

 “¿Cuál es la cosa más sabia? – El número y, en segundo lugar, quien ha dado nombre a las cosas.

“¿Cuál es la cosa más sabia entre nosotros? – La medicina.

 “¿Cuál es la más bella? – La armonía.

 “¿Cuál es la más fuerte? – La inteligencia.

 “¿Cuál es la mejor? – La felicidad.

 “¿Cuál es la cosa más verdadera que se ha dicho? – Que los hombres son malos”

El pitagorismo expresa en buena medida una reflexión sobre el orden entendido como un principio de armonía. Regularidad, constancia, orden, mesura, proporción… son formas de ese orden. Remo Bodei (Las formas de lo bello, 1995) sitúa el papel central de la armonía en relación a tres principios centrales en la herencia de toda la tradición occidental: la Verdad (que los pitagóricos identificaron con el número), el Bien (que se identifica con la acción) y lo Bello (que para los pitagóricos se identifica con la simetría).

La armonía, garantizada por la estructura matemática de la realidad, es para el pitagorismo un principio divino, de manera que según un texto de la Antología de Estobeo (“Sobre la realeza”, R 57): “Sobre la tierra los hombres son cosa exiliada, en mucho inferior a su naturaleza que es más pura”. Y ese principio de armonía ideal se ha de transmitir mediante la educación, como vemos en otro texto transmitido por Estobeo: (“Sobre la harmonía femenina”, R 66). “Una mujer debe pensar que la armonía está llena de sabiduría y de temperancia. Es necesario, en efecto, que el alma esté potentemente inspirada en la virtud, de manera que sea justa, corajuda, prudente, embellecida por la autosuficiencia y odiando la opinión vacía”. El número es, en este sentido, una forma de armonía cósmica.

 

 

 

 

 

 

© Ramon Alcoberro Pericay