CIVILITZACIÓ

CIVILIZACIÓN; ¿UN CONCEPTO IMPERIALISTA?

Ramon ALCOBERRO

 

 La palabra cultura tiene una historia bien testimoniada y una etimología contrastada. El «cultus» fue al principio el cultivo de la tierra y, por extensión, el culto a los dioses. La extensión del concepto de cultura a la actividad intelectual se produjo en Cicerón (Tusculanas, II, 13): «Un campo por fértil que sea no puede resultar productivo sin cultivo; y lo mismo sucede en un hombre sin educación»; del cultivo de los campos se pasó al cultivo del intelecto por analogía. «Civilización» es, en cambio, un concepto mucho más complejo y tiene un regusto agresivo, incluso asociado al nazismo en términos como «civilización aria». Desde que Lewis Morgan en Ancient society (1877), afirmó que la humanidad ha conocido tres etapas (salvajes, bárbaros y civilizados), ha llovido bastante y hoy sabemos que se puede ser las tres cosas al mismo tiempo. Los romanos usaban «cives» (ciudad) como término descriptivo, pero no “civilizado” en tanto que término valorativo; y el uso de la palabreja nuca ha dejado de tener un punto imperialista. Los civilizados siempre son los nuestros y los bárbaros los forasteros. Eso sucede en todas partes y muy especialmente todavía hoy en China, quizás la última de las grandes civilizaciones que sigue siendo racista hasta las cachas, como bien saben y sufren los tibetanos y otras minorías del imperio han. Es irónico observar que el comunismo, supuestamente internacionalista, ha sido muy poca cosa más, en su plasmación política, que un imperialismo eslavo (en Rusia) y un imperialismo han (en China). Eso sí, armado con una retórica sublime.

Pero en los últimos dos siglos han sido el imperialismo inglés y el norteamericano los que han salido más malparados por su uso desmedido de la palabra «civilización» como argucia para justificar la rapiña colonial. Por eso actualmente en el mundo anglosajón, y en el ámbito académico, se tiende a usar la palabra en plural («las civilizaciones») y a escribirla en minúscula, cuando no a obviarla; y a referirse a «las culturas» para designar las diversas formas que pueden tomar, según el momento y el lugar, los resultados de la función civilizadora. La filosofía contemporánea ha puesto en claro que hacemos cosas con palabras. Y el racismo, como el imperialismo, no es algo de lo que nadie mínimamente decente pueda enorgullecerse, ni personal ni colectivamente. Tal parece que al usar la palabra «civilización»  fuese a despertarse la bicha colonial.

El pensamiento pseudoprogresista de la corrección política sigue hoy prescindiendo del concepto de civilización y defendiendo que todas las culturas son iguales, lo que descriptivamente es falso (e incluso lleva a caer en el ridículo) y moralmente resulta falaz. Hay culturas donde se mata relativamente poco, se come mejor y se reconoce el derecho a la felicidad; y otras donde se mata a cualquiera por nimiedades, se come francamente peor, se azota a las adúlteras o se impide que las mujeres que se casen con quien quieran. En algunas culturas la vida es algo tan serio que maltratar a un animal incluso se paga con multa o cárcel. En otras los perros van llenos de pulgas y se les trata a patadas porque lo hacía el profeta Mahoma, la paz sea con él. Que eso es así solo puede negarlo un demagogo o un profesor de antropología, especialmente si ha leído mucho y ha viajado poco.

 El problema no reside en saber si las culturas son “superiores” o “inferiores”, sino en si resultan perfectibles o no. O en si alguna norma (generalmente religiosa) les impide mejorar y (auto) criticarse. Por lo demás la igualdad es un objetivo moral y un imposible biológico, pues la riqueza de una biota consiste exactamente en su diversidad. La naturaleza no es igualitaria y el imperativo pindárico («llega a ser lo que eres»), tampoco. Incluso si, como sería moralmente deseable, llegásemos a ser de facto lo que somos en potencia (seres racionales) continuaríamos siendo biológicamente diversos y habría humanos más fuertes y más listos que otros. «Civilización» sigue siendo una buena manera de agrupar las dimensiones básicas de las sociedades humanas en un solo concepto. La síntesis de las dimensiones sagrada, profana, política y moral de una cultura (por encima de su economía) crea una mentalidad y unos sistemas de relaciones sociales, que es lo que puede designarse como «civilización». Es una cuestión claramente descriptiva y no resulta imprescindible que la palabra deba entenderse necesariamente como un término valorativo.

De la misma manera que cabe distinguir entre las religiones y la religión, o entre las políticas y la política, también debiera ser posible diferenciar entre las civilizaciones históricas y la civilización como proceso moral. Como tal la civilización tiende a la universalidad y, por eso mismo, hoy el proceso de civilización se identifica con la extensión mundial de los derechos humanos. Que el concepto de los derechos humanos surja en Occidente (por cierto, entre dolores de parto), y que su contexto debe entenderse en el ideal de las Luces y en el liberalismo es históricamente significativo, pero no resulta determinante. Lo determinante es que sus ideales puedan ofrecerse y ejercerse imparcialmente y que ofrezcan una vida mejor a un número de gente cada vez mayor. Lo importante no es si un coche se ha producido en Estados Unidos, en Japón o en Rumanía sino su eficiencia.

El poema La carga del hombre blanco (1899) de Rudyard Kipling (1865-1936, premio Nobel en 1907) es generalmente considerado como el ejemplo más claro de la concepción imperialista de la civilización. El hombre blanco (el colonialista, si se quiere) es para Kipling un ser trágico porque cumple con una tarea hercúlea, liberar a los pueblos de la ignorancia y de la miseria, incluso a costa de la enfermedad y de la propia muerte en la aventura. De ahí que hable de «pesada carga», para expresar la obligación colonial de instruir a poblaciones que han quedado al margen del progreso y de la industria. Pero sabe también ese esfuerzo civilizatorio casi sobrehumano no será agradecido por nadie. Ni por los burgueses que se aprovechan de las materias primas, ni por los pueblos que inevitablemente se oprime, aunque sea para llevarlos a una vida mejor («Llevad la carga del Hombre Blanco, / cosechad su vieja recompensa: / la reprobación de vuestros superiores / el odio de aquellos que custodiáis, / el llanto de las huestes que conducís / (¡ah, lentamente!) hacia la luz;/ “¿Por qué nos librasteis de la esclavitud, / nuestra amada noche egipcia?”»).

Para Kipling la carga y a la vez la dignidad del hombre blanco consiste en ser necesariamente considerado como un bruto esclavista por los moralistas de café cuando realmente lo que hacía era pisar el fango para liberar de la ignorancia y de la miseria al mundo. La carga del hombre blanco consiste en haber de usar medios repugnantes («las salvajes guerras por la paz») para conseguir fines civilizatorios («Llenad la boca del Hambre, / y ordenad el cese de la enfermedad»). Kipling que siempre se opuso a convertir a los indios al cristianismo, era un imperialista desacomplejado y, a la vez, se daba perfecta cuenta de que el imperialismo era moralmente contradictorio, porque buscar la paz mediante la guerra, y usar la violencia como instrumento de educación, es una contradicción en todos sus términos. Naturalmente es fácil ironizar con la supuesta «pesada carga» civilizatoria del hombre blanco porque a los pueblos del Sur también les tocó soportar (e indiscutiblemente mucho más) colonialistas explotadores y brutalidades sin cuento. En su momento, ya la prensa socialista inglesa dedicó algunas ironías feroces al poema preguntándose si eran los negros o los blancos quienes de verdad llevaban sobre sus hombros el peso de una civilización industrial (y blanca) que no sería posible sin el expolio de materias primas.

 El problema del concepto de civilización deriva de la carga de violencia que la palabra lleva asociada. ¿Pero ha habido alguna vez progreso sin dolor y libertad sin sufrimiento?, ¿qué derechos humanos respetó jamás un reyezuelo africano, que no tenía inconveniente en vender a los blancos como esclavos a sus negros prisioneros de guerra?, ¿pueden tener valor moral la ignorancia y la miseria? El trato que los esclavistas musulmanes daban a los africanos (o el exterminio de la población de pigmeos sudafricanos a manos de africanos negros) fue lo suficientemente repugnante como para evitar detalles escabrosos. En nombre de la civilización se cometieron brutalidades. Es obvio. Pero si ese criterio vale para criticar a ingleses y norteamericanos del siglo XX también debe valer para criticar política neocolonial de China en África en el siglo XXI, que no es sino puro expolio. El carro de la historia siempre avanza arrollando a seres indefensos. Y eso lo hizo la brutal Inglaterra colonial, tanto como los brutales aztecas de ayer; y lo está haciendo la brutal China han de hoy. ¿Podría haber sido de otra manera?

Nunca ha existido un concepto moral que, tomado en serio, no produzca dolor. Que la historia es sucia lo sabe cualquiera que no sea un ingenuo. Y tampoco lo ignoraba Marx cuando elogiaba el colonialismo inglés en la India de su época, que usaba el hambre como herramienta de dominio. El cómico bonismo de los hippies, de los misioneros católicos y de las organizaciones políticas de ultraizquierda, solo se estableció como ideología dominante en la década de 1960. Y en buena parte fue azuzado por los intereses geoestratégicos de la Unión Soviética. La crítica al colonialismo tal vez, era lo único que ponía de acuerdo a Sartre con el entonces papa de Roma, Pablo VI, ambos empeñados en la salvación de los pobres y en lograr la bondad universal por decreto.  Una desgraciada consecuencia del súbito ataque de buena conciencia blanca fue la demonización del concepto de civilización por parte de los supuestos progresistas. Pero recuperar el concepto de civilización, como ideal sociomoral, vinculado a la extensión de los derechos humanos, no tiene nada de reaccionario, ni de imperial. El ideal de una civilización universal sigue siendo uno de los mejores legados de la Ilustración.  Después del genocidio ruandés, sabiendo lo que sabemos sobre la esclavitud en Mauritania, sobre los talibanes en Afganistán o sobre la gihad islámica en Siria o Iraq, no debiéramos ser políticamente ingenuos. La pretensión de erigir al Sur en tierra prometida, o de exigir el arrepentimiento de un Occidente depredador, tiene un punto de cinismo y de ignorancia de la historia que resulta incluso francamente ofensivo.

 

 

© Ramon Alcoberro Pericay