CIVILITZACIÓ

CRISIS: UNA APROXIMACIÓN ETIMOLÓGICA

Ramon ALCOBERRO

 

 Si se entiende por civilización un estilo de vida (y no un “espíritu”, más o menos ambiguo) entonces la crisis de civilización que muchos contemporáneos consideran como una característica del presente es, muy especialmente, una consecuencia del impacto de las nuevas tecnologías. Con Internet el estilo de vida occidental ha acelerado la velocidad y ha modificado el lenguaje. Pero las crisis no son ningún invento de la modernidad. Siempre las ha habido y, más bien al contrario, la modernidad las ha atenuado. Por poner solo un ejemplo, hoy la carestía alimentaria, es un problema político pero no un impedimento estructural en la vida de los pueblos. En las sociedades cerealistas, en cambio, algunos años seguidos de malas cosechas significaban la muerte irreversible por inanición, e incluso conducían al hundimiento de las estructuras básicas de una sociedad. Y lo mismo cabe decir de las epidemias. El hecho de que las crisis resulten hoy algo que puede ser tecnológicamente evitado, y no una maldición divina, constituye el núcleo mismo de lo que denominamos progreso. Pero la crisis, especialmente en sus aspectos psicológicos y emocionales, sigue estando ahí por mucho que forcemos la ingeniería social. O tal vez porque la forzamos en exceso.

Regresar al análisis etimológico de la palabra “crisis”, una palabra griega, tal vez ofrece sugerencias interesantes para entender de qué estamos hablando, cuando la crisis ya no es algo inevitable por medios tecnológicos, pero sigue estando ahí y sigue siendo brutal y destructiva.

“Crisis” deriva del verbo griego «krino», que significa “separar” y es una palabra que tuvo un origen agrario, vinculada a la recogida del trigo. Crisis, para un griego antiguo, la crisis es el proceso que sucede cuando se separa el grano de la paja. Es un separar “analítico” para quedarse solo con la parte buena o aprovechable de la cosecha. De ahí que implique una capacidad de juicio. “Crisis” es también un término de uso en el ámbito médico. Conviene no olvidar que en Grecia la filosofía surgió como «medicina del alma»; y que, en Platón, como en Aristóteles, muchos de los conceptos filosóficos tuvieron un origen médico. En medicina una crisis designa, para bien o para mal, el momento decisivo de una enfermedad. Era el punto culminante de una trayectoria en que las diferentes fases de la enfermedad han de resolverse de un modo u otro. En una crisis morimos o nos salvamos sin que haya término medio.

Esa idea intuitiva de la crisis sigue de alguna manera presente hoy. Ninguna crisis  puede ser permanente. Para bien o para mal la situación ha de encontrar su desenlace de algún modo. Cuando hoy se aplica la palabra crisis a la sociedad o a la economía se entiende también que nos hallamos ante una situación global de enfermedad, con síntomas variados y que llevará a una resolución más o menos traumática; pero que ningún cuerpo puede sobrevivir indefinidamente en la agitación crítica. Lo expresa muy bien la sabiduría popular: no hay mal que cien años dure. Ni tampoco cuerpo alguno que lo resista. Frases como «la crisis ha venido para quedarse», por mucho que las usen los políticos para gobernar mediante el miedo (o  que sea útil a algunos filósofos con necesidad de notoriedad), son simplemente estúpidas. Una crisis o se resuelve, o nos hunde; pero (como la vida misma) no dura eternamente porque los cuerpos, como las sociedades, tienden al equilibrio. Inestable, pero equilibrio al fin.

En el periodo que va del XVIII al XX (de Montesquieu a Gibbon y a Spengler), ese doble sentido agrario y médico de la palabra “crisis” ha estado muy presente en su ambivalencia. Por una parte toda crisis obliga a separar el grano de la paja, a decidir qué es lo necesario y qué es lo superfluo. Por otra parte es también un momento doloroso, incluso un tormento. Crisis significa escisión social e incertidumbre generalizada. No puede sorprender, pues, que la crisis exija un diagnóstico (una vez más un término médico) certero y una terapia equilibrada. Diagnosticar y proponer terapias colectivas ha sido un empeño que ha marcado la historia de la filosofía política y de la sociología. Por eso  mismo conviene ser extraordinariamente cuidadoso cuando se usan expresiones como «los síntomas de la crisis», tomando por un diagnóstico lo que son simples impresiones derivadas de una observación superficial. Precisamente porque las crisis pueden matar, o dejar sin defensas a una sociedad, no debería dejarse su análisis a políticos banales, ni a filósofos insubstanciales que proponen (para los demás) terapias a base de aceite de ricino. Hace siglos que la medicina basada en evidencias sabe que esas supuestas curas no solo no resuelven nada, sino que matan.

 

 

 

© Ramon Alcoberro Pericay