LOS ESTOICOS Y EL TIRO AL BLANCO

 

Uno de las metáforas más potentes del estoicismo es la del arquero, que Cicerón usó en el DE FINIBUS BONORUM ET MALORUM (40 a.C.), para representar el valor de la intención en acto moral. Igual que la intención y no el éxito del disparo determina la acción del arquero, nuestras acciones no han de ser valoradas por su eficacia sino por la voluntad que las orienta. Lo que los humanos pueden poner de su parte es la voluntad, pero el buen éxito de una acción depende de causas externas sobre cuyo desarrollo no tenemos ningún dominio.

La dimensión esencial de la acción para un estoico es su fin, que hay que distinguir tanto conceptualmente como en ámbito de la práctica respeto de su objetivo. El objetivo del arquero es situar la flecha tan cerca como sea posible del blanco. Pero el fin de toda su actividad reside en la voluntad de disparar con eficacia, de colocarse bien ante la diana y de concentrarse para lograrlo. El buen arquero es el que hace todo lo posible para alcanzar el blanco, el que pone en acto toda su intención: que lo logre o no es cosa que no depende de él, sino de múltiples circunstancias. Si hace viento y la flecha se le escapa, el arquero no podrá ser criticado por ello, pues habrá intentado realizar la acción de la mejor manera, en la postura corporal más correcta posible. La sabiduría consiste en una disposición interior: que luego tenga más o menos éxito social es algo secundario para el sabio.

Traducido a términos éticos, para un estoico el contenido efectivo de una acción (su objetivo) es secundario respeto a la intención, que es lo único que de nosotros depende. Lo moral es la intención y no las consecuencias (y la subsiguiente responsabilidad) que deriva de un acto.

En la tradición estoica (Epitecto), dependen de nosotros los actos del alma y la elección fundamental del bien (o del mal). En cambio todo lo que depende del cuerpo o de las relaciones sociales escapa a nuestro control. Se trata, pues, simplemente de aceptar lo que la vida nos depara y, en consecuencia, el sabio no puede esperar otra cosa que aprender a asumir su destino. Pero lo que caracteriza al sabio (su fin propio, su marca específica) es la opción por activa la vida virtuosa y la coherencia consigo mismo.

Así los estoicos creen conciliar el destino y la libertad humana, pues, si nada podemos hacer sobre lo que nos depara la vida (el objetivo de la acción), somos, en cambio, libres para decidirnos por sus fines más nobles.

 

© Ramon Alcoberro Pericay