Filosofia i Pensament Ramon Alcoberro amb la col·laboració de Júlia Torres i Canela

SÓCRATES: UN GRAN ENFERMO SEGÚN NIETZSCHE

Patrick WOTLING

A François Dufay, el amigo de infancia

Sócrates se abstenía de asistir a las representaciones de la tragedia. Este hecho, anecdótico en apariencia, ofrece, según Nietzsche, el elemento decisivo, como la secreta confesión que permite interrogar de manera original la figura socrática. Tan original que chocará o suscitará tal vez la incomprensión: en ese ídolo que es Sócrates, sacralizado por más de dos mil años de veneración, ya no se revela el paradigma del sabio, ni el padre de la filosofía, sino el indicio de una inflexión dramática de la civilización griega. «Sócrates fue un malentendido». Este malentendido que perdura desvela la trayectoria que continúan siguiendo nuestro mundo y nuestra existencia de modernos.

Basta ya de celebrar en Sócrates al hombre que aseguró el triunfo de la razón, arrancando a nuestro pensamiento de una edad arcaica; el hombre que en todas las cosas hizo reconocer el valor de la mesura y supo encarnarla; ese sabio que  «hacía temblar y llorar a los jóvenes más arrogantes»; en breve, el hombre que por su arte en la interrogación llegó a abolir la muerte de los nobles y de los fuertes. Sócrates condenaba la tragedia en nombre de la claridad lógica, pero hizo una excepción con las representaciones de Eurípides, el reformador del arte, el primero que sigue una estética consciente y según el cual, para poder ser bello, todo debe ser racional. Los antiguos poetas trágicos pecaron, según Sócrates, por falta de discernimiento; no sabían lo que hacían. Fracasan al traducir en conceptos claros su técnica creativa y son guiados sólo por el instinto. Pero mediante su virtuosismo de dialéctico, que exige razones desde ya mismo, Sócrates nos hace entrar, sin darnos cuenta, en un mundo al revés. «En las naturalezas productivas el inconsciente actúa de manera creativa y afirmativa, mientras que el consciente es crítico y disuasivo. En él, el instinto se vuelve critico y la conciencia creadora». Cuando se asume este punto vista, nuestras certezas de socráticos sin saberlo pueden vacilar.

Poniendo del revés una tradición tal vez demasiado confortable, Nietzsche observa dos trazos distintivos del socratismo: la improductividad y el despotismo. Sócrates resulta lo contrario de un creador. cuando se expresa, su ‘daimon’ no pronuncia más que prescripciones negativas. Encarna en grado extremo el tipo del hombre teórico animado por la única pasión del saber, o mejor, de la búsqueda y la interrogación que priman sobre el saber mismo. Y de esta manera es también el hombre para quien arte y ciencia se excluyen. La dialéctica de ese «lógico despótico» no pasa nada por alto, hasta el punto que todo en él resulta exagerado, tiránico: alimentada por pulsiones inconscientes, la demanda socrática de racionalidad se eleva al fanatismo. Pero produce exclusivamente parálisis y destrucción  «Qué ha hecho de bueno en la vida a parte de reírse de la inepta incompetencia de sus nobles atenienses que eran hombres de instinto, como todos los nobles, y que nunca lograron dar suficientes indicaciones sobre las razones de su manera de actuar?»

Comprender la naturaleza del socratismo es, para Nietzsche, interrogar el sentido de ese desprecio sin límites por el instinto. ¿Sería la venganza del hombre de pueblo contra los aristócratas, saciada en «el puñetazo del silogismo»? O, más  profundamente, ¿este rechazo de lo que había sido la vida griega, no sería una venganza contra la vida en sí misma? Los instintos lo tienen fácil para escapar a la esfera de la conciencia, pero no por ello dejan de constituir regulaciones fundamentales de las condiciones de existencia de lo viviente. Toda necesidad verdadera proviene igualmente de ellos. La racionalidad, con sus demostraciones abstractas, no es un régimen autónomo y todavía menos una autoridad soberana. La revuelta contra los instintos en nombre de la claridad racional equivale indignarse de las necesidades de la vida misma. «Sócrates ha sufrido la vida». Más aún, Sócrates es el hombre que ha tenido el orgullo inaudito de querer corregir la vida.

El falso paso fatal de Sócrates, fue según Nietzsche, la asimilación del error al mal en sí. Porque era mediante la ilusión que la tragedia lograba curar los terrores de la existencia, transfigurándola mediante el mito, apoyado por la música. Sócrates no comprendió la potencia benéfica propia de ciertas ilusiones, base misma de la cultura trágica. Más que una simple obra de arte, la tragedia era el núcleo de un dispositivo que ofrecía una protección considerable contra la desgana de vivir, contra el desánimo, contra la voluntad de acabar, es decir, contra todo lo que Nietzsche reúne bajo el nombre de ‘nihilismo’. La cultura clásica había logrado éxito en su esfuerzo por no negar ninguno de los efectos espantosos de la existencia neutralizando, a la vez, los efectos devastadores de ese saber. Esa transfiguración salvadora, que intensificaba el amor a la vida, había sido la obra maestra del helenismo. Y también contra eso se revelaba Sócrates.

Sería relativamente importante que no hubiese comprendido la naturaleza de la tragedia, si ello significase solo un conflicto técnico que oponía el arte al saber. Un individuo, por muy sabio que sea, puede perfectamente negar las bases mismas de la cultura de la cual ha salido, sin por ello provocar su naufragio. Pero Sócrates fascina. Más allá de toda medida. El enigma de Sócrates tiende al contagio que favorece él mismo. ¿Cómo se logra que una cultura tan brutalmente aristocrática, tan altiva, tan celosa de sus costumbres, de su sentido de las distancias, y de su educación en la discreción haya acabado por dejarse fascinar por «el hombre de pueblo», «el hombre feo» que exhibe sus razones, y todavía peor, por alguien que se esfuerza sin piedad en ponerla en contradicción consigo misma?

El genio de Sócrates consistió en comprender que sus contemporáneos padecían su mismo mal: la disolución de los instintos cuya comprensión garantizaba anteriormente la efusión de una vida fuerte y que ahora se combatían. La llamada a la racionalidad desvela entonces su naturaleza verdadera: la del recurso desesperado a una contraautoridad – y que sea despótica importa poco, mientras salve de la anarquía. Según Nietzsche el socratismo nos revela el misterio de la seducción ejercida por la enfermedad; la razón para domar las pulsiones. Sócrates parecía médico y se convirtió en el ídolo de una Grecia amenazada por la descomposición. Pero su ilusorio remedio era, él mismo, dictado por la enfermedad y sólo servía para reforzarla.

Sócrates como síntoma. Tal es el sentido del análisis nietzscheano. La filosofía y su figura paradigmática, signos del declinar del mundo griego, pero no su causa. Porque sería un error imaginar que Nietzsche restó toda grandeza a Sócrates. Al final de su vida, nos confía en MÁS ALLÁ DEL BIEN Y DEL MAL, se dio cuenta de su error. Víctima última de su pasión por la interrogación, Sócrates vio claramente el carácter insostenible de su posición. Acabó por descubrir la primacía de las pulsiones y la superficialidad de la razón y reconoció en sí mismo la misma incompetencia que fustigaba en los aristócratas atenienses. Sócrates condenó la vida, pero supo, también reírse de sí mismo –y en eso es superior a Cristo. Es también una auténtica figura de la superación de sí mismo y, por crítica que sea, es por la proximidad entre ambos que la relectura de Nietzsche justifica la severidad de su crítica: «Sócrates, para confesarlo de una vez, me resulta tan próximo que tengo casi de continuo un combate con él», decía poco después de EL NACIMIENTO DE LA TRAGEDIA. En LA GAYA CIENCIA añadirá: «hay que superar incluso a los griegos».

 

Artículo publicado en MAGAZINE LITTÉRAIRE, nº 487, junio de 2009; p. 86-87. © del autor. Reproducción exclusivamente para uso escolar. Trad. R.A.

 

 

 

 

 

© Ramon Alcoberro Pericay