Filosofia i Pensament Ramon Alcoberro amb la col·laboració de Júlia Torres i Canela

PEricles, educador

Fragmentos del cap. VIII del libro de Donald Kagan:

Pericles of Athens and the Bird of Democracy.

 Un dirigente democrático, si quiere ser grande, ha de hacerse educador. Sean cuales sean la nobleza de su visión y la excelencia de sus objetivos, no pueden ser logrados en una sociedad libre si el pueblo verdaderamente no los desea.

Las leyes y las costumbres de Atenas contribuían a esa educación necesaria, pero correspondió a Pericles formular el ideal democrático de una forma noble y clara, grabarlo en el espíritu de sus conciudadanos e insuflarles el deseo de lograrlo. Sus discursos eran un potente instrumento educativo, pero la expresión más potente y la más tangible de su visión fue el gran programa de construcción que promovió a mitad de siglo.

Durante algunos años que precedieron a la guerra del Peloponeso, Atenas conoció una explosión sin precedentes de la actividad artística, cuya cualidad y más aún cuya abundancia, nos deja todavía estupefactos. La celeridad con la que esas obras maestras fueron ejecutadas, no es menos sorprendente. Incluso Plutarco las descubrió intactas al cabo de quinientos años de su construcción.

Por eso también son más admiradas las obras de Pericles, porque para mucho tiempo se hicieron en poco. Pues en belleza, cada una era entonces ya antigua, pero en frescura todavía hoy está nueva y como recién hecha. Así siempre florece en ellas cierto aire nuevo que mantiene su aspecto intocable por el tiempo, como si estas obras tuvieran mezclado un aliento siempre joven y un espíritu que no envejece. (Plut,, Pericles, 13, 4-5; trad. Aurelio Pérez Jiménez)

La extensión del programa que concernía al conjunto del Ática es impresionante. Se construyeron templos en honor de Poseidón en el cabo de Sunion, en el sur de la península, el de Ares en Acarnsia, al noroeste y el de Némesis en Rhamonte al noroeste. Per el templo esencial debía estar en Atenas; sobre la montaña que dominaba el Ágora se erigieron los templos de Hefesto y Atenea, y sobre todo, la Acrópolis. Pegado al flanco sur del gran promontorio rocoso, Pericles hizo construir el Odeón. En la cima situó el Partenón y una entrada monumental, los Propileos. También se trazaron planos para otro templo en honor de Atenea Niké (victoriosa) en el ángulo sudoeste de la Acrópolis y sin duda para otro, dedicado a Atenea Polias al norte de la ciudadela, que no fueron erigidos más que a la muerte del estratego.

La ambición de este programa sorprende aún más si se tiene en cuenta que ningún edificio público había sido erigido en los tres decenios que siguieron a la segunda guerra Medica. Al retirarse en 479, el enemigo había dejado tras de sí una Atenas incendiada y arrasada, donde solo pocas casas subsistían. Los templos, los monumentos y las estatuas de la Acrópolis habían sido derribadas y reducidas a polvo. En el momento de la irrupción persa, estaba en construcción un templo dedicado a Atenea; los persas lo abatieron abandonando los tambores de las columnas y los bloques de piedra tirados por los suelos. A su regreso, los atenienses se preocuparon por reforzar las murallas de la ciudadela y por fortificar las de la ciudad contra un ataque bárbaro, con una sola excepción sorprendente, la del templo de Atenea, cuyas piedras debían servir de memorial de la guerra (…)

Finalmente, la paz de los Treinta Años con Esparta llevó la seguridad a Atenas y puso fin al deterioro de los tesoros provocado por la guerra. (…)

El programa de construcciones formaba parte del núcleo mismo de la política de Pericles. El estratego se implicaba personalmente en la planificación y en la supervisión de muchas de las obras, sino de todas, y cuando se hacía necesaria la intervención de un profesional, él elegía, directa o indirectamente, a los expertos. Esta empresa arquitectónica puso en grave peligro su gobierno antes del inicio de las guerras del Peloponeso y se mostró dispuesto a arrostrar el ostracismo para defenderla. Nada en su carrera magnífica revestía a sus ojos una importancia equivalente, porque abría el camino a éxitos esenciales en los ámbitos político, económico, imperial, educativo y religioso. Era una manera de hacer visible y tangible la grandeza de Atenas a todos.

El objetivo más evidente de este programa era celebrar el final victorioso del conflicto con Persia. El Partenón, especialmente, con sus escenas esculpidas de batallas entre los atenienses y las amazonas, entre seres humanos y bestias salvajes, entre griegos y troyanos, era un memorial de guerra que celebraba el triunfo de Atenas sobre sus enemigos, de la “civilización” sobre la “barbarie”, de los griegos sobre los asiáticos. Este mensaje revestía una importancia política considerable para Pericles porque la paz con el Gran Rey no había sido del gusto de todos. Algunos viejos partidarios de Cimón lamentaban las campañas agresivas contra los persas, que habían dado a Atenas riqueza y gloria panhelénica. Tales críticas fueron barridas por las realizaciones arquitectónicas que fueron posibles gracias a la paz y al uso de los fondos de la Liga. Proclamaban y celebraban la victoria; ¿qué más se podía pedir?

Esos grandes trabajos ayudaron también a Pericles a extender su influencia política, gracias al importante dispendio que implicaban. A lo largo de dos decenios crearon una demanda ininterrumpida de materiales y de mano de obra, calificada o no, que estimuló la prosperidad y la actividad de todos los niveles de la población. Los programas de trabajo públicos creando empleo y multiplicando los beneficios de números ciudadanos, aumentaba el soporte de los ciudadanos. Pericles apeló con éxito al enriquecimiento general cuando se produjo el debate sobre el uso de los ingresos del imperio en el programa arquitectónico.

Pero era necesario mucho más que una ventaja material para ganar el sostén y la entrega de los ciudadanos. Fueron también conquistados por la magnificencia de las estructuras que se construían: “En el alzado de las obras de imponentes proporciones e inimitable gracia, los artistas competían por superar la práctica de su arte con la perfección del trabajo” (Plut., Pericles, 13, 1; trad. Aurelio Pérez Jiménez). Esos edificios, bien lo comprendían serían también un memorial erigido a su democracia y esa perspectiva les encantaba. Una vez finalizados los grandes edificios de la Acrópolis, los atenienses encontraron mucho más fácil “contemplar cada día [su] ciudad en todo su esplendor.” (…)

 

 Donald Kagan: Pericles of Athens and the Bird of Democracy. Nueva York, The Free Press, 1991. Uso exclusivamente escolar.

 

 

 

© Ramon Alcoberro Pericay