CIVILITZACIÓ

¿POR Qué cayó el imperio romano?

Ramon ALCOBERRO

 

   Bienvenidos a nuestros miedos

La obsesión por la caída del Imperio Romano es un tema recurrente en la cultura occidental y expresa, a la vez, un miedo muy contemporáneo. Es el miedo a los bárbaros, a los extranjeros peligrosos; a esos tipos que actúan como topos, hundiendo por medios violentos los principios de la convivencia y de la cultura que desprecian. Nadie se ha inventado a los bárbaros. Vinieron ellos solos, huyendo de otros lugares simplemente para sobrevivir al hambre. O tal vez intentando comerciar y vendiendo baratijas. En alguna ocasión se les llamó porque el éxito de una civilización hacía necesario aumentar el número de brazos para el trabajo más bajo y mal pagado. Pero nadie se fía nunca de unos bárbaros; y hace bien porque pueden ser peligrosos para la ciudad. Las leyes han procurado mantener a raya a esos forasteros, porque resultaban excesivamente distintos. No estaban integrados, ni parecían integrables, aunque fuesen necesarios. Adoraban extraños dioses y  hablaban lenguas incomprensibles y eso quiere decir que no son como “nosotros”.

Eso no significa que se los odiase necesariamente. Ante los bárbaros la actitud más habitual ha sido siempre una mezcla de curiosidad y desdén. Ni pretenden formar parte de la Ciudad, ni hablan nuestra lengua y, en consecuencia, se les pasa por alto. Nadie les pregunta qué desean pues ya se supone que no desean nada, (excepto comerciar, sacudirse la miseria o “ir tirando”). Tampoco ellos piden tener voz en un lugar que siempre han sabido que no es suyo y que, muy posiblemente, desdeñan. El bárbaro no forma parte de la comunidad, ni eso parece importarle lo más mínimo a nadie. Se le ignora o se le desprecia. Pero en todo caso se intenta mantenerle lejos y él devuelve el desdén que recibe encerrándose con sus dioses y su extraña habla a extramuros de la comunidad mayoritaria.

Es imposible huir de los tópicos en este tema. Siempre hay “bárbaros” porque, si no fuera así, la civilización no tendría con quien confrontarse. Es un problema de esos que los filósofos llaman “la dialéctica”. Un bárbaro es siempre “lo otro”. Produce pena, asco o  miedo; pero en todo caso expresa aquello que la mayoría de las buenas gentes no admite, ni está dispuesta a admitir. Bajo ningún concepto. Para la prensa (y para los votantes de los partidos derechistas en Europa) los “bárbaros” de hoy son, muy concretamente, los musulmanes de larga barba. Sospechosos de integrismo, violentos y marginales, viven en  Ciudades donde, si alguna vez fueron bienvenidos, hoy se les presenta como peligrosos habitantes del suburbio, cuando no como un grupo de obsesos sexuales o  de puros locos.

Pero la barbarie y sus usos están muy repartidos. Antes de atribuirla al Islam, le tocó la china al comunismo soviético y a los negros africanos, especialmente si luchaban contra el imperialismo británico, belga o francés.  Todo enemigo es, por definición, un bárbaro. No hay civilización que no haya estigmatizado, caricaturizado o despreciado a  “sus” bárbaros. Pero, por encima de todo, no hay civilización que no se sienta insultada cuando alguien sugiere que los bárbaros no son sino la imagen especular y fantasmagórica de los civilizados.

 

Gibbon, siempre Gibbon

   La caída del imperio romano es el modelo, el caso escolar paradigmático, de cualquier estudio sobre por qué se hunden las civilizaciones. El libro típico y de inexcusable referencia sobre la cuestión, hoy como ayer, sigue siendo la Historia de la decadencia y la caída del imperio romano (publicada entre 1776 y 1778), de Edward Gibbon. Nadie que pretenda estudiar relaciones internacionales, escuela diplomática, jurisprudencia o, simplemente, teoría política, debiera estar exento de leer a Gibbon. La historia nunca sirve dos veces el mismo plato, pero a Gibbon se le ha leído siempre con un ojo puesto en Roma y otro en el presente. Roma frente a los bárbaros, los ingleses ante a la India y Europa temiendo a la inmigración musulmana de hoy. Caída de la Civilización antigua y disolución más o menos pacifica de Occidente en  la insignificancia geopolítica, van de la mano. En Gibbon no hay solo investigación histórica y análisis de fuentes antiguas. Lo que escribió es toda una filosofía de la historia y, sin ser demasiado consciente de ello, también planteó todo un esquema útil para el dominio colonial. Pero no nos detendremos en eso. Un imperio como Roma que se extendió desde Escocia a Siria o Egipto, se parecía demasiado al Imperio Británico como para dejar escapar la ocasión de estudiarlo.

No nos centraremos, pues, en Gibbon, pero sí vale la pena decir que la sombra del imperio romano es alargada. Hoy todavía la “pax romana” sigue poniéndose en relación con la “pax europea” posterior a 1945. Que la “Historia de la decadencia y la caída del imperio romano” se siga leyendo en West Point no es ninguna broma. O si lo es, tiene un punto macabro. La pregunta sobre cómo pudo desaparecer el imperio más potente, más extenso y más duradero que ha conocido la historia (occidental) sigue desconcertándonos y dando qué pensar. ¿Dislocación política?, ¿debilitamiento económico?, ¿incapacidad de las élites?

La lista de las respuestas que se han dado a la cuestión es muy amplia. La extensión del Imperio hacía difícil  el control de las crisis. La corrupción creciente de las élites romanas y la erosión de los valores fundacionales del Imperio fue evidente para cualquier observador y era bien conocida por los contemporáneos. El advenimiento del cristianismo, con su rigorismo moral, y la revolución cultural que ello significó, han sido ya muy analizados. Pero tal vez lo más significativo haya sido el fracaso de los intentos de asimilar a los bárbaros, reclutándoles primero como mercenarios y fuerzas de choque, y dándoles luego cargos cada vez más importantes en el ejército, hasta ponerse en sus manos casi sin darse cuenta el destino del Imperio.

 

O tal vez, demasiado Gibbon

 Cuando el presidente Obama firmó un decreto que autorizaba a homosexuales, lesbianas y transgéneros diversos a servir en el ejército estadounidense Gibbon y su teoría de la decadencia regresaron a la primera página de todos los periódicos conservadores del mundo. Encima Obama era negro. O mejor dicho, mulato; lo que para un conservador incluso puede ser peor. Y una de las primeras medidas del presidente Trump en el verano de 2017 fue revocar la orden; cosa que no extrañó a nadie, dicho sea de paso. Pero no vayamos a creer que esas cosas solo pasan el Occidente vil. A ningún gobernante chino de hoy se le ocurriría, por ejemplo, poner el ejército en manos de alguien que no sea de etnia han. Incluso haber nacido en Tíbet y ser un han es un serio impedimento para hacer carrera en lo que se sigue llamando con sublime ironía el Ejército Rojo.

En esquema sigue habiendo hoy dos modos de entender la caída del imperio romano. Para quienes se oponen a las tesis de Gibbon, la civilización romana simplemente no murió. Los supuestos bárbaros, los germánicos, tampoco fueron pueblos destructores empeñados en hundir la vieja Roma. Más bien al contrario, en un proceso de largo alcance, que se prolongó por lo menos durante tres siglos, la civilización romana se fusionó de manera imperceptible con la germánica, hasta dar paso, de manera básicamente pacífica, a la civilización medieval. Esa versión irénica y “bonista” de la historia estaba en la base de una exposición, “Roma y los Bárbaros” que se hizo en el Palazzo Grassi de Venecia en 2008, y sigue siendo motivo de polémica entre los historiadores. Pero obviar los momentos de caos, las matanzas y el triunfo final de las tinieblas, económicas, demográficas y culturales, sobre el Imperio romano no parece que se compadezca demasiado con los hechos en crudo.

 En las antípodas de este relato, muchos historiadores siguen insistiendo en el papel destructor de “los bárbaros del norte” a lo largo de diversos siglos, que a pie y como soldados, o como hordas, ocuparon el Imperio hasta desfigurarlo. Una barbarie militarizada (la de los pueblos germánicos) y otra supuestamente pacífica (la del monoteísmo cristiano) se habrían dado la mano para hundir a Roma. Desde esta perspectiva, que es la de Gibbon, hay una serie de lecciones en la caída del Imperio romano que hoy seguirían siendo válidas. Antigüedad tardía y postmodernidad de valores débiles se parecerían demasiado en algunos trazos básicos y, muy especialmente, en su falta de convicciones y en la sexualización de la vida. Hoy todavía un grupo de historiadores y de filósofos conservadores, que se denominan a sí mismos “ateos católicos”, siguen defendiendo que ante el peligro de la crisis de civilización, que les parece inminente, incluso por motivos simplemente demográficos, no hay otra salida posible que la defensa de una tradición en la que ya ni siquiera ellos parecen creer muy seriamente.

 

 

© Ramon Alcoberro Pericay