SOFISTES I SÒCRATES

SÓCRATES: la acusaciÓn de impiedad

Ramon ALCOBERRO

 

Sócrates fue condenado a muerte porque se le consideró culpable de una peculiar acusación, la impiedad (asebeia), que era un delito a la vez cívico y religioso; y su muerte en muchos sentidos equivale a una condena de la filosofía.

No creer en los dioses de la Ciudad equivalía a introducir dudas sobre la Ciudad misma y a poner en duda el vínculo con la tradición en que se funda la vida en común. Era, pues, un grave cargo en la medida en que interpelaba el fundamento mismo de la vida en la polis. No puede ser un buen ciudadano   quien no cree en los dioses en que la Ciudad cree Por eso Sócrates fue representado como un individuo de gran fealdad, gordo, calvo y excesivo en sus gestos. No puede ser una persona armónica la que no está en armonía con sus conciudadanos y mantiene creencias religiosas propias al margen de su comunidad.

Sócrates no fue el primer pensador acusado de asebeia en Atenas. Anaxágoras y Protágoras también habían sido acusados de lo mismo, uno hacia el año 433 antes de nuestra era y otro hacia 408, y ambos habían escogido el exilio.

Sócrates, en cambio, eligió quedarse en Atenas, hacer frente a la acusación (que en ningún momento reconoce) y asumir las consecuencias de su acción.

Al aceptar ser juzgado por la Ciudad, Sócrates está asumiendo que su posición filosófica no es una simple retórica. Para los sofistas, se podía jugar con las ideas. Consideraban que la verdad no existía y, por lo tanto, lo único que puede justificarse es la mayor o menor habilidad retórica. En cambio, para Sócrates, como después para Platón, hay un profundo vínculo entre el lenguaje y la verdad.

Es comprensible que sus contemporáneos hubiesen confundido a Sócrates con un sofista, porque le gustaba interrogar a las gentes y practicaba la ironía. Tenía, también, un gran dominio del arte retórica. Además la Ciudad necesitaba un chivo expiatorio y el filósofo ofrecía el perfil más adecuado. Era un personaje excesivo (un atopos, un sin-lugar, un excéntrico), y anciano que recordaba otros tiempos, cuando Atenas era todavía una gran potencia. Sócrates hacía cosas extrañas, no trabajaba, no cobraba por sus clases, vivía de lo que le daban sus amigos (algunos de ellos muy conservadores) y creía que el dios Apolo le había conferido la misión de provocar el debate en la Ciudad. Además había usado su ironía contra el poder constituido, investigaba sobre el lenguaje y sobre el significado de los conceptos morales –lo que a sus contemporáneos debía parecerles una solemne pérdida de tiempo. Por todo ello, Sócrates (que además pretendía “saber que no sabía nada”) acabó muriendo, precisamente porque la Ciudad ya no era capaz de soportar la crítica.

 

© Ramon Alcoberro Pericay