SOFISTES I SÒCRATES

UN APUNTE SOBRE LA SOFÍSTICA

Es casi imposible leer a cualquier filósofo del pasado prescindiendo de la mirada contemporánea. Mientras les leemos, proyectamos inevitablemente nuestra experiencia, nuestras esperanzas y nuestros miedos sobre sus textos. En el caso de los sofistas, es inevitable que veamos en ellos una teoría del poder, un primer atisbo de racionalismo, una experiencia existencial y una filosofía del lenguaje.

  • Como teóricos del poder, los sofistas son los primeros defensores del realismo político y de la democracia entendida como debate de ideas. Descubren que la Ciudad, con todas sus tensiones, es el espacio donde los humanos conviven y también pugnan. Con ellos el pensamiento griego pasa de la reflexión sobre la naturaleza a la reflexión sobre la ley (De fisis a nomos).
  • Como racionalistas, los sofistas plantean que el cambio y el movimiento de todas las cosas se extiende también a la experiencia política y social. El relativismo de todo razonamiento está en la base de su concepción del mundo. Son herederos de Heráclito y saben que el cambio es también la paradójica expresión de la unidad de todas las cosas.
  • Como experiencia existencial, la sofística descubre que los humanos viven en la opinión y pueden ser manipulados por el buen uso de la retórica. La misma debilidad de los humanos es, paradójicamente, la que los empuja a la sociabilidad y al zebate.
  • Como filosofía del lenguaje, la sof
  • ística es la primera teoría del convencionalismo.

 

La sofística es un movimiento panhelénico, su finalidad era eminentemente práctica y los sofistas podían ganar mucho dinero.

  • La sofística era un movimiento panhelénico. Un sofista era un ‘maestro de la palabra’, por decirlo con la expresión de Jacqueline de Romilly (1). De hecho, aunque les encontremos a todos en Atenas durante la época de Péricles, los sofistas eran muy mayoritariamente forasteros provinentes de lugares lejanos (aunque parece que la sofística como tal nació en Sicilia con la expulsión de los tiranos a principios del siglo V). Los sofistas acudían a las diversas ciudades en función de sus cursos, generalmente muy bien pagados.
  • Su finalidad era eminentemente práctica. La enseñanza, más que la reflexión daba sentido a su vida. Un sofista es un profesor, ‘un profesional de la inteligencia’ (Romilly). Trasímaco, por ejemplo, hizo escribir sobre su tumba: «Mi patria era Calcedonia y mi profesión el saber». Su clientela deseaba dedicarse a la política y necesitaba conocer la administración del Estado, las técnicas de retórica para dominar en los debates y, en general, las formas de argumentación.
  • Los sofistas cobraban por su actividad. Un ciudadano que servía como juez en Atenas cobraba medio dracma, mientras que un sofista fácilmente podía llegar a cobrar veinte dracmas por una lección y, según se dice, Protágoras se hacía pagar hasta cien minas (equivalente a diez mil dracmas), aunque según Platón (Protágoras, 328 b), si los alumnos no estaban de acuerdo con el precio que pedía, declaraban bajo juramento en que cantidad valoraban su enseñanza y él aceptaba el precio.

La sofística expresa el nuevo espíritu humanista griego nacido tras las guerras contra los persas, con la supremacía de Atenas.

  • El nuevo espíritu humanista griego se caracteriza por la conciencia de la libertad. El hombre (el ciudadano) es la medida de todas las cosas y la Asamblea es el lugar donde los hombres se reúnen y debaten. Atenas era una democracia directa. Todo puede ser discutido en la Asamblea porque, como dirá Péricles: «la libertad es nuestra forma de gobierno» (Tucídides: Elogio fúnebre). Para los sofistas solo hay un límite al debate: quien ofrece el mejor argumento, vence. Y ellos explican como argumentar con éxito.
  • La supremacía Atenas es básica para el desarrollo de la sofística. La ciudad disponía de una sólida flota, su moneda se basaba en la plata de las minas de Labrion (cerca del cabo Súnion) y trataba espléndidamente a los intelectuales que iban a impartir sus cursos. Según Péricles: «Nuestra ciudad está, en efecto, abierta a todos» (Tucídides: Elogio fúnebre).

Su forma de enseñanza implica una gran novedad, pero Platón construyó su pensamiento por oposición a la sofística, porque  considera que, finalmente, la sofística conduce al relativismo y al escepticismo.

  • La enseñanza de los sofistas se realiza mediante la práctica, improvisando debates con sus alumnos, defendiendo y refutando opiniones con una cierta arbitrariedad. En Atenas no existía nada parecido a nuestras Universidades (auque forzando la nota pueda parecer que Platón hizo algo semejante a una Universidad en su Academia). Anunciaban una ‘teckné’: impartían sus clases en forma de conversaciones, agrupadas generalmente en series: desgraciadamente les interesaba más la originalidad y la eficacia retórica que la verdad, y con ellos empezó en Atenas la peligrosa moda de discutir por discutir que tanto lamentarán Sócrates y Platón.
  • Platón basa su filosofía en la crítica al pensamiento sofístico; no acepta que todo sean tan solo opiniones, ni que puedan ser manipuladas en función de nuestros intereses despreciando la verdad. Sócrates nunca despreció a los sofistas, pero según Platón la sofística, entendida como la pluralidad de opiniones, es la característica de las cosas sensibles, mientras que el filósofo debe ascender a la perfección de las ideas que son los modelos de las cosas.
  • Según Platón, la sofística nos encierra en un mundo de sensaciones, opiniones e intereses (tanto individuales como colectivos), cuya superación es necesaria para llegar al conocimiento de la verdad. Sofistas como Trasímaco habían dicho que: «Los dioses no ven los asuntos humanos; de lo contrario no descuidarían el mayor de los bienes humanos, la justicia: vemos, en efecto, que los dioses no la practican» (B 8). En cambio para Platón, especialmente en sus últimos años, los dioses son la garantía última de la justicia. Según el parecer de Platón la promoción del escepticismo, la increencia y el relativismo (tanto en lo que se refiere a los dioses como a la ley), conducen directamente a la decadencia de la ciudad.

 

NOTA:

1.- Jacqueline de ROMILLY: Los grandes sofistas en la Atenas de Pericles (1988). Traducción española, Barcelona: Seix Barral, 1997. La traducción de dicho texto es manifiestamente mejorable.

 

 

 

 

 

 

 

© Ramon Alcoberro Pericay