Filosofia i Pensament Ramon Alcoberro amb la col·laboració de Júlia Torres i Canela

UN APUNTE SOBRE DEMÓCRITo - F71 Dem.

La Raccolta dei frammenti de Demócrito, en la edición trilingüe, interpretación y comentario de Salomon J. Luria, traducida del ruso al italiano en 2007 y publicada por la editorial Bompiani (Milán) tiene 1.732 páginas, a las que se deben añadir las 54 de la introducción de Giovanni Reale y de la biografía y biobibliografía del erudito soviético a cura de Svetlana Maltseva. Luria (1891-1964) trabajó en esa edición casi medio siglo entre la brutalidad del estalinismo y la miseria académica, y no llegó a verla publicada en vida. F 71 Dem es la referencia a este texto en el catálogo de la biblioteca de la Universidad de Barcelona.

La edición crítica en ruso de los fragmentos y testimonios de Demócrito apareció en 1970 y es la referencia mundial inevitable para decir algo con sentido sobre el pensamiento democritano. Es, simplemente, una obra maestra del análisis filosófico y filológico, aunque algunos eruditos le han criticado su distinción entre “materialismo” e “idealismo” que, posiblemente, entre los presocráticos no es relevante, y ni tan solo resulta aplicable a autores que fueron previos a Platón. En todo caso tampoco es tan obvio que Platón fuese el inventor del “idealismo”, un concepto en sí mismo muy poco griego. Parece además que los “pensadores” del partido comunista pusieron más de una vez sus burocráticas manos sobre el texto democritano de Luria, modificándolo en algunas de sus interpretaciones. Dado que Demócrito y Epicuro fueron víctimas de la tesis doctoral de Marx, controlar una edición erudita del filósofo griego era también una manera de preservar la ortodoxia del mundo soviético y feliz. Sirva esa referencia para enmarcar la dificultad de explicar con brevedad algo significativo sobre Demócrito y el atomismo griego antiguo. Con todas las matizaciones que convenga, un libro de 1.732 páginas impone por sí mismo.

Por lo demás, reconstruir el pensamiento de Demócrito constituye una operación altamente compleja. Parece claro que en él se halla el primer intento serio llevado a cabo en Occidente, antes de Aristóteles, para construir un sistema de saber científico riguroso y unitario. Pero la reacción idealista del siglo IV, que debió coincidir con sus últimos años de vida, hizo que muchos de sus textos cayesen el olvido y se perdiesen para siempre. Además, casi todo lo que sabemos sobre Demócrito proviene de textos de sus adversarios – y entre ellos habría que contar también a Epicuro que le critica sin nombrarle. Luria estableció, por ejemplo, que algunos fragmentos atribuidos a Demócrito, especialmente los referidos a la inmortalidad, son falsificaciones de los gnósticos valentinianos del siglo III. Pero ya los antiguos decían que Platón recogía las obras de Demócrito para arrojarlas al fuego («aunque se lo impidieron los pitagóricos Amicles y Cliias, pues no era un gesto de ninguna autoridad, ya que eran libros ya difundidos entre mucha gente» Luria LXXX). La influencia de Demócrito sobre Epicuro y Lucrecio es otra de las cuestiones que conviene matizar.

Ya durante el período helenístico, el viejo Demócrito debió parecer un personaje extraño. Por eso le hicieron protagonista de unas cartas apócrifas de Hipócrates donde se nos cuenta que: «De día Demócrito permanecía solo y durante mucho tiempo en cuevas o también en lugares desérticos… Tal sucede las más de las veces con los locos… pero es natural con quienes se dedican a la ciencia que al procurarse la sabiduría prescinden de todos los demás pensamientos… por ello aman las cuevas y la quietud y tienen deseo de tranquilidad… Tal inclinación hacia la soledad parece una especie de enfermedad psíquica». Pero esa imagen solo revela un estereotipo. Que Demócrito viviera cual un eremita, que habitase entre las tumbas o que escribiese de noche, seguramente no es históricamente cierto en absoluto, y corresponde a una reescritura muy tardía del personaje según modelos estoicos y cristianos primitivos que se imaginaban a los filósofos antiguos según unas reglas estéticas muy curiosas. La imagen de Demócrito como un filósofo que ríe («porque reía de la seriedad que los hombres ponían en cosas vanas», Luria LXVII) lo vincula más al cinismo que a su propia época, pero nos dice mucho sobre un momento histórico que “necesitaba” tener esa imagen del filósofo. Aparecer como feo, pobre y provocador tiene mucho que ver con la imagen del filósofo antiguo que se hicieron las buenas gentes en los primeros siglos del Imperio Romano – y muy poco con lo que fueron los filósofos del siglo V antes de nuestra Era.

Así puestas las cosas, estamos obligados a aceptar que al “auténtico” Demócrito (como al “auténtico” Sócrates) hay que darlo por perdido por mucho que tengamos 1.732 páginas de textos y comentarios supereruditos y de una exhaustividad incluso conmovedora. De hecho, la supuesta vida de Demócrito cumple con todos los tópicos historiográficos y narrativos clásicos. Cuando leemos que: «Demócrito de Cos, como narra él mismo, visitó la mayor parte de ciudades y de climas, de países y de gentes y vivió cerca de ochenta años fuera» (Luria, XV) uno no puede menos que pensar en el monomito del viaje del héroe de Joseph Cambell y descorazonarse un poco.

   Habría que revisar también en qué sentido decimos que Demócrito fue “materialista” porque esa palabra surge en el siglo XVII y se aplica con dificultades a les griegos y a Demócrito en particular. Se puede argüir el texto de Aristóteles en el segundo capítulo del libro I del De Anima según el cual: «Demócrito afirma que el ánima y el intelecto son la misma cosa», pero Sexto Empírico no lo presentaba como materialista. Resultaría más sensato situar a Demócrito como un realista interesado por el problema del cambio que como un materialista. Sin embargo, parece muy creíble que Demócrito fuese médico y casi lo que hoy llamaríamos un psicólogo. Hay tres razones que lo hacen altamente probable: es una profesión que sabemos que ejercían también otros sabios, especialmente pitagóricos, además se complementa bien con la tesis de la búsqueda de la felicidad en tanto que equilibrio moral (es la concepción de la filosofía como “cura” y como “curación” o como medicina del alma) y, en tercer lugar, la medicina se puede vincular fácilmente a la idea de los cuatro elementos básicos en la física griega. La idea de que lo similar se cura mediante lo similar es de origen médico/biológico y físico a la vez; y suponer, como Demócrito, que no hay contradicción en los cambios cósmicos y atómicos es también una tesis aplicable a los cambios que produce la enfermedad. La tesis democritana y epicúrea según la cual el alma es corruptible y mortal también ha de tener necesariamente un origen médico. («Según la opinión de Demócrito, las almas están sujetas a corrupción pues lo que nace con el cuerpo debe necesariamente perecer con él» Luria, 466).

   Que se le atribuya haber sido maestro de Hipócrates (DK 68 A 2, Luria LXXIX) puede resultar creíble o no; pero eso no se habría dicho si Demócrito no fuese médico – o más concretamente lo que hoy por equivalencia llamaríamos un psicólogo o un psiquiatra. Razonablemente, si fue «alumno de magos y caldeos», hubo de ser forzosamente médico. El lazo entre Protágoras y Demócrito y entre éste y los pirrónicos y los epicúreos también está muy contrastado por los testimonios antiguos. Que Epicuro «acudió a las fuentes [de Demócrito] para regar su huertecito» (Luria, XCVII) pare obvio cuando se confrontan los textos. E incluso es posible que además de haberse inspirado en su física atomista, Epicuro lo hubiese negado. De hecho, a Epicuro se le atribuye haber escrito un Contra Demócrito, cosa nada sorprendente, y el epicúreo Colotes escribió un tratado de título obvio: Sobre el hecho de que la conformidad con las tesis de otros filósofos hace la vida imposible. Desacreditar a todos los demás filósofos resultaría muy propio de los hábitos epicúreos, todo conviene decirlo, pues en la secta solo se reconocen méritos al gurú. Epicuro era bastante incapaz de aceptar méritos filosóficos en cualquiera que no fuera él y no coincide con Demócrito en su física: hay efectivamente átomos y vacío, pero en el epicureísmo el número de átomos no es infinito.

   En todo caso, ese extremo no habría inquietado particularmente a Demócrito, que parece haber detestado la retórica («Muchos, pese a cometer las acciones más innobles, construyen los mejores discursos», Luria 674a) y ello se puede entender como una crítica tanto a los sofistas como a Sócrates. También parece haber sido muy consciente del papel de la corrupción política («la constante frecuentación de los malvados, contribuye a aumentar la disposición al vicio» (DK 68 B 183, 185 N – Luria 698). Es casi imposible establecer cuáles de los textos éticos de Demócrito son realmente suyos y diferenciarlos de los que se le añadieron básicamente en el estoicismo y en el primer cristianismo que buscaba una manera de vincularse a la tradición clásica (un movimiento finalmente abortado por la iglesia, pero significativo entre los siglos II y IV d.C.). Sería fascinante poder demostrar que el “conócete a ti mismo” socrático es una respuesta al escepticismo de Demócrito; eso es algo se puede intuir, pero no justificar filológicamente. Además, si Demócrito dijo verdaderamente que quien comete injustica es más desgraciado que quien la sufre (DK 68 B 45) eso es algo que conecta directamente con el socratismo y con el texto del Gorgias (479e). Profundizar sobre la ética de Demócrito nos permitiría comprender mucho mejor el siglo de Pericles y el socratismo porque seguramente de él, más que de algunos sofistas, provienen algunas ideas básicas del humanismo clásico, muy distinto, obviamente, del renacentista cristiano. Pero eso es aún hoy un trabajo por hacer.

 

Demócrito: Raccolta dei frammenti, interpretazione e commentario di Salomon Luria; Introducción: Giovanni Reale; biobibliografía de S. Luria a cura de Svetlana Maltseva; traducción del ruso de Anastasia Krivushina; traducción y revisión de los textos griegos a cura de Diego Fusaro; realización editorial, bibliografía, índices y revisión general de Giuseppe Girgenti. Ed. Bompiani, Milán, 2007.

 

Este artículo quedó inconcluso por el confinamiento debido a la pandemia cobid-19 en marzo de 2020 y se publicó en alcoberro.info – Filosofia i pensament durante el mes de mayo de 2020.

 

 

 

 

 

© Ramon Alcoberro Pericay