Filosofia i Pensament Ramon Alcoberro amb la col·laboració de Júlia Torres i Canela

Un comentario a la Oración Fúnebre DE PÉRICLES

C.M. BOWRA

Fragmento de La Atenas de Pericles (ed. or. 1970)

  Parte de la fuerza de los atenienses radicaba en que, aun gozando de una gran libertad, permanecían observantes de la ley, sabiendo que la anarquía o el desorden favorecía a quienes odiaban a la democracia o deseaban destruirla. Pericles hace especial hincapié en la actitud ateniense frente a las leyes:

“Obedecemos las leyes, especialmente las encaminadas a proteger al oprimido y las leyes no escritas que es una vergüenza indiscutible quebrantar.”

  Tenemos dos proposiciones diferentes, cada una de las cuales merece nuestra atención. La primera es que Atenas se preocupa del oprimido. Su sistema democrático trajo a los carentes de privilegios a las tareas del gobierno y a su vez se preocupó por ellos. Esta concesión se remonta a Solón, pero Pericles amplió su significado al considerar oprimidos no a una clase particular, sino a todos los que sufrían alguna desventaja social. Podemos suponer también que, tal vez sin gran precisión, Pericles alude a la ayuda que Atenas concede a los oprimidos de otras ciudades. Se consideró a sí misma en ese papel cuando impuso democracias a sus aliados y cuando vino en ayuda de Estados como Corcira que tenían problemas con sus dirigentes. En el siglo siguiente, el marcial Jenofonte y el panfletario político Isócrates sostuvieron en favor de Atenas que ayudaba a los injuriados. Al consolidar Atenas su imperio, disminuirían entonces sus posibilidades de ayudar a los oprimidos, convirtiéndose ella misma en opresora, pero se afferaba a su pretensión, que favorecían los poetas. Lo esencial permanecía: que era obligación de la ley proteger al oprimido en Atenas o en cualquier otra parte.

  Pericles añade una alusión a las “leyes no escritas”. La idea era corriente y tenía varios significados. En Atenas, por ejemplo, aludía particularmente a las reglas que presidían la celebración de los misterios en Eleusis. Funcionarios especiales los controlaban y, aunque cargaban fuertes obligaciones sobre los iniciados, el Estado no era la autoridad que imponía su comportamiento correcto. En cualquier caso, es dudoso que Pericles pensase en ellos, puesto que sería discordante con lo anteriormente dicho. La celebración de los misterios no pertenecía al mismo orden que las leyes de Atenas. Por el contrario, en ciertos círculos se entendía por leyes no escritas las leyes dadas por los dioses sobre las que se basaban las restantes leyes.esto, al menos, daba un respaldo divino a las leyes humanas y realzaba su autoridad. Pero podemos dudar de que Pericles diese a entender esto. Una vez dio a Alcibíades que una ley es “lo que parece bueno para el pueblo”, y aun teniendo buena opinión del pueblo es difícil que creyese que “vox populi, vox dei”. Bastaba con que el pueblo hiciese leyes que expresasen su deseo. De hecho, no hace falta buscar claras precisiones en el concepto de leyes no escritas. Los atenienses, como otros griegos, observaban ciertas reglas respetadas a pesar de no ser impuestas por la ley. Esas reglas provenían de antiguas costumbres y usos, y en gran parte concernían a ritos domésticos y relaciones entre los miembros de una familia, incluyendo las obligaciones de sepelio y venganza y la prohibición de adulterio e incesto. Databan del tiempo en que la familia, y no el Estado, eran la base del orden y su antigüedad canonizaba su autoridad. Trataban cuestiones que transcendían al alcance de la regulación oficial, pero que eran importantes para la dignidad y honor de la vida ateniense. Al mencionarlas, Pericles indica que un público democrático tiene un nivel de vida tan elevado como el de cualquier grupo aristocrático, con sus pretensiones de ser “noble” y “bueno”.

  En su ideal de Atenas, Pericles no se limitaba a los objetivos políticos. Reconoce que la vida completa contiene más que eso y que el ocio tiene su utilidad, especialmente al realzar el atractivo de la vida. Lo señala breve pero firmemente:

“Cuando hemos terminado nuestro trabajo nos hallamos en situación de gozar de todo tipo de recreo para nuestros espíritus. A lo largo del año hay regularmente diversas clases de competiciones y fiestas religiosas; en nuestras propias casas encontramos una belleza y buen gusto que nos deleita todos los días y que disipa nuestras preocupaciones.”

  Las fiestas se celebraban en honor de los dioses, pero eran además ocasiones de expansión y gozo. El Viejo Oligarca lo desaprobaba como síntoma de la decadencia democrática. Mas no eran vacaciones sin significación religiosa; eran la manera de Pericles de mostrar lo que los dioses realmente significaban en las vidas de los hombres. Con estas sencillas palabras alude a ocasiones tan grandiosas y sagradas como la procesión Panatenea, representada en el friso del Partenon, que personifica la naturaleza divina de Atenas y es, sin embargo, enteramente humana en el más encantador sentido. Aunque naturalmente estas ocasiones proporcionaban expansión, no era una mera expansión sino un derroche de energías en algo sublime y vivificante.

  El segundo punto de Pericles hace alusión a las condiciones ordinarias de la vida en Atenas. Está plenamente satisfecho de la elegancia y belleza que halla en ella. En comparación con el nivel moderno parecerían muy sencillas, aunque lo que conocemos del mobiliario y cerámica ateniense muestra un elevado nivel de artesanía y un gusto correspondiente a una época en que la elaboración aún no se ha mecanizado. En el siglo IV se solía volver la mirada al glorioso pasado y enorgullecerse de las condiciones sencillas en que vivían grandes hombres como Milcíades y Arístides, pero agudos críticos se quejaban de que la mayoría de las casas en Atenas eran baratas y poco convenientes. Pericles evidentemente se conformaba con que las casas fuesen baratas mientras tuviesen cierto estilo y es lo que pretende. El viejo lujo aristocrático solo se reservaba para los edificios públicos y en ellos no se escatimaban gastos. Si los hombres habían de vivir juntos en armonía era prudente alentarlos a gozar costumbres semejantes de elegancia. Pero el punto vital radicaba en que la belleza era posible sin extravagancias y esto era lo que relajaba a los atenienses después de sus tareas.

  En un punto importante de su Discurso fúnebre, Pericles dice:

“En conjunto declaro que nuestra ciudad es una lección para Grecia.”

Es inexacto interpretarlo como una alusión a Atenas como centro intelectual de Grecia. Ciertamente lo era y así lo reconocían los numerosos sofistas y científicos que gozaban de su hospitalidad. Pero se desprende del contexto que Pericles pensaba además en muchas otras cosas. Sus palabras son un breve resumen de lo que había dicho antes y esto incluye su más detallada y considerada apreciación de lo que Atenas hace por sus ciudadanos. La conclusión inevitable es que la educación que Atenas da a Grecia es su propia manera de vivir, su tipo especial de democracia y el desarrollo personal y la estimación propia que favorece Puede adoptarse voluntariamente o imponerse por la fuerza, pero, en cualquier caso, es lo más valioso que Atenas ha de dar. Tampoco importa mucho esta distinción. Lo importante es que el ejemplo ateniense se imitase y los griegos de todas las clases estimulasen la realización de un ideal de una vida plena. Por supuesto, Atenas no empezaría a dar este ejemplo hasta que no fuese extraordinariamente poderosa y Pericles llegó a afirmar que había conseguido grandes triunfos sin mayores problemas porque las restantes ciudades aceptaban como natural que ella las derrotase.

“En su caso y solo en su caso. Ningún ejército invasor se avergüenza de ser derrotado por ella y ningún sujeto puede quejarse de ser gobernado por un pueblo inepto para sus responsabilidades.”

 

  Pericles sostiene que porque Atenas es buena en la guerra es apta para gobernar a otras ciudades. Muchas veces otros países han tenido la misma pretensión y ha sido falsa. Pero para Pericles tiene un significado auténtico porque supone la creencia de que lo que Atenas hace por otras ciudades es lo que ninguna otra potencia puede hacer. A cambio de cierta disminución de su independencia se les ofrece una vida más amplia y más gloriosa. El imperio despierta las potencias dormidas y hace a las ciudades conscientes de sus posibilidades. No todos los aliados recibieron con agrado esta pretensión o su implantación, pero los que lo hicieron mostraron por su acción vigorosa y su vivacidad intelectual lo que Atenas había hecho para educarlos.

  El ideal de Pericles para Atenas era una actividad creadora inspirada por la libertad y asegurada por la ley. Esta actividad reflejaba ideales de los que las otras ciudades solo podían aprovecharse si los Adoptaban y Atenas estaba dispuesta a ayudarlas a hacerlo. Sin embargo, a pesar de todos los beneficios que pretendía llevar a otras ciudades, su fuerza radicaba en su poder y en la habilidad para obtener que compartiesen sus cargas y aceptasen su dirección. Si lo hacían voluntariamente, mejor que mejor; pero Pericles era demasiado realista para pensar que siempre sucedería así y era incluso demasiado escéptico sobre la lealtad de las otras ciudades. Incluso por los más mezquinos cálculos lo partidos democráticos de los Estados aliados preferirían permanecer bajo el dominio ateniense antes que ser víctimas de la venganza de sus ricos despojados. Pero siempre cabía la posibilidad de que algunos aliados prefiriesen la independencia a la seguridad, y Atenas debía tener presente la necesidad de imponer su dominio. Si el culto a Atenea, y a través de ella el de Atenas, era en su intención en gran parte religioso, no proporcionaba una ratificación moral a todo lo que Atenas hacía. La religión y la moralidad no estaban muy estrechamente unidas en la conciencia griega, e incluso en asuntos referentes a los dioses lo que importaba no era la virtud sino el poder. La diferencia entre los dioses y los mortales radica en la inmensa superioridad intelectual y física de los primeros que les permitía actuar como querían. Imponiendo su dominio, Atenas se comportaba a la manera de los inmortales y la mayoría de los griegos no vería nada injusto en ello. Donde era excepcional era en que Atenas no reconocía límites al uso del poder. Otros objetarían que debía haber una moderación en el poder como en las restantes cosas y que los atenienses iban demasiado lejos y eran demasiado activos extendiendo su dominio sobre los otros griegos. Los aristócratas chapados a la antigua, tan frecuentes en Atenas como en cualquier lugar, pensaban que esta incesante actividad era síntoma de baja educación, pero los atenienses advertidos le daban una significación muy diferente. En sus Suplicantes, Eurípides, haciéndose el portavoz de la sociedad de Pericles considera esta energía como una forma de felicidad que sobrepasaba la comprensión de la mayoría de los griegos y una de las numerosas ventajas traídas por la libertad ateniense. Una energía tal tan solo podía satisfacerse con el poder, y esto acarreaba una de las más difíciles cuestiones de la época. ¿Hasta qué punto los hombres tenían derecho a ejercer el poder libremente como los dioses? Para un anticuado aristócrata griego, no ateniense, la respuesta era clara. Los dioses y los héroes tienen una manera de vivir con sus leyes propias y los hombres otra con leyes diferentes. El hombre puede, en ocasiones, gozar de momentos de felicidad divina, mas no le corresponde intentar parecerse a los dioses. La falta de Atenas, en opinión de muchos griegos, era que no solo se esforzaba por sobrepasar lo permitido al hombre, sino que se gloriaba en ello convirtiéndolo en materia de orgullo y congratulación. Que causase sufrimiento a otros no importaba mucho si al final realzaba el poder y la reputación de Atenas. En última instancia, ésta era la filosofía de Pericles acerca del imperio.

  Pericles conocía muy bien los peligros del poder, pero pensaba que el valor y la inteligencia los podían superar. Si Atenas realmente creía en sí misma y en su misión, no había motivo para no triunfar. Aunque la gloria fuese su objetivo no se limitaba a la guerra. Tampoco buscó la guerra por si misma. Tal vez en los primeros años se pudiese dejar arrastrar por sueños de esplendor imperial, pero aprendió con la experiencia. Cuando se volvió a encontrar en guerra con Esparta, dijo:

“Si se tiene la elección y se puede vivir tranquilo, es una locura absoluta entrar en guerra. Por supuesto que, si estamos inevitablemente obligados a elegir entre la sumisión e inmediata esclavitud o correr el riesgo con la esperanza de salir airosos, entonces prefiero al hombre que afronta el peligro que al que lo rehúye.”

  No era tan ambicioso como para malgastar las vidas de sus conciudadanos o considerarlo como algo absolutamente bueno. Se cuenta que, en su lecho de muerte, dijo que su más glorioso título de fama era que “ningún ateniense vistió de negro por mi culpa”. Revela un sentido de la realidad poco común en el carácter heroico. No significa esto que Pericles fuese siempre totalmente consecuente con su actitud o se sintiese satisfecho de ella. Cuando las cosas iban mejor, el deseo de una marcha progresiva de los acontecimientos era vivo y él sentía que, exactamente como la generación anterior había aumentado el dominio de Atenas, así la generación presente debía seguir su ejemplo. La creencia en el éxito y la gloria costó caro a los atenienses, especialmente al ser un artículo de fe que todos los ciudadanos debían preocuparse por la ciudad y estar preparados para hacer el máximo por ella. Así Pericles afirma:

“No decimos que el hombre que no se interesa por la política es un hombre que se limita a sus propios asuntos, decimos que es un hombre completamente inútil.”

  Era justo ocuparse de los asuntos propios mientras que estos eran también los asuntos de Atenas, pero era reprobable desentenderse de los asuntos y obligaciones públicos.

  La conciencia de pertenecer a una ciudad y de tener profundas obligaciones para con ella era algo innato para casi todos los griegos. Para vivir fuera de dicho marco un hombre debía ser, como dijo Aristóteles, “o un dios o un animal”. Pericles consideró la cuestión con detenimiento y sostuvo opiniones específicas acerca de ello. Primero, insistió en que, en un estado democrático, los ciudadanos deben estar bien informados de los asuntos públicos y estar preparados para discutirlos adecuadamente, sin precipitarse en decisiones temerarias. Debía ser “capaz al mismo tiempo de arriesgarse y de valorar los riesgos con antelación”. Vio que el pueblo ateniense tenía la posibilidad de cualidades que él mismo poseía y que gustaba de alentar en otros. Con una penetración extraordinaria para su tiempo, vio que un pueblo podía ser educado en política y que los mejores medios para educarlo eran a través de una consideración total de qué pasos había que dar. En segundo lugar, supo lo propensos que eran todos los griegos a las luchas internas, el salvajismo con que los partidarios de la lucha de clases se atacaban los unos a los otros. Esperó que Atenas evitase sus más violentas manifestaciones y ejercitase una positiva, casi instintiva, bienquerencia sobre el principio de que “nos hacemos amigos haciendo el bien a los otros, no recibiendo bien de ellos”. Consideró a los atenienses como un solo cuerpo, altamente diversificado en los detalles, lo cual era mejor, pero también unido en todos los asuntos concernientes al bien de la ciudad. Era más un ideal que una realidad como Pericles supo muy bien por la oposición que encontró en más de una actuación política; pero cuando la guerra la ponía a prueba, su fuerza se revelaba. Este ideal no estaba muy lejos del que Esquilo, en 458, poco después del asesinato de Efialtes, había expuesto en las Euménides:

“No seas, te lo ruego, no seas

raíz de mal, lucha civil,

violencia dentro de sus fronteras

no puede ser que el polvo de la tierra beba la sangre de tus hijos

con furiosa sed ávidamente tras la venganza,

sangre en represalia de sangre,

sino en amigable comunión

devolver alegría por alegría

unido en amor y odio

en esto yace un remedio para las enfermedades humanas.”

  Si Atenas era fiel a sí misma y renunciaba a las disputas de ciudades inferiores no había motivo para que no dominase a Grecia.

  Todo griego sentía que estaba tan íntimamente ligado a su ciudad, que tenía grandes obligaciones para con ella. Pericles captó esta creencia y la hizo más explícita, definiendo lo que eran sus responsabilidades. Insistió en que todos los ciudadanos debían tomar parte en las decisiones públicas, y dio por sentado que, una vez las decisiones tomadas, todos debían unirse para ponerlas en práctica. El honor pide tal lealtad, más también la conveniencia y Pericles explica característicamente lo que esto significa:

“Por muy acomodado que esté un hombre en su vida privada, no dejará de verse envuelto en la ruina general si su país es destruido. Por el contrario, siempre que el Estado está seguro, los individuos tienen una oportunidad mucho mayor para recuperarse de sus intereses privados.”

Este concepto era casi un tópico usado por los poetas para reforzar sus advertencias. En Pericles no es un sentimiento piadoso, sino una política realista. Porque lo cree, puede arrastrar al pueblo a arriesgarse y sabe que su patriotismo está fuera de objeción. En la exposición de sus ideales pudo haber algo de creencia inspirada por su deseo, pero, en último término, basa su causa en la experiencia y en una valoración racional del carácter humano y de sus caprichos. En sus discursos hay una persuasión consciente, un deseo de hacer parecer las cosas más atractivas de lo que son e incluso de lo que cree que son. Pero acerca de los principios fundamentales habla desde un punto de vista coherente. Sabía lo que quería que fuese Atenas y agotaba los recursos por los que lo llegaría a ser.

  La agresiva política que Pericles inspiró creó a Atenas enemigos, tanto entre sus aliados como entre los que eran abiertamente sus rivales y enemigos. Él era plenamente consciente de ello, y en el discurso que pronunció poco antes de su muerte dio su respuesta a lo que debía de haber sido una queja bastante corriente:

“Todo el que ha pretendido dominar a otros ha incurrido inmediatamente en odio e impopularidad; pero si se persigue un gran objetivo hay que aceptar ese desconocimiento envidioso y es sabio aceptarlo. Pues el odio no puede durar mucho tiempo, mientras que el resplandor presente y la gloria futura permanecen para siempre en la memoria de los hombres.”

  Pericles da un nuevo matiz a un viejo tema tradicional griego. El deseo de gloria y de honor procedentes del éxito conformaba tantos rasgos del comportamiento griego de todos los tiempos que ninguna novedad había en su noción de que el imperio ateniense tendría un renombre comparable al de los grandes héroes del pasado. Pero a ello se añadía otra noción también tradicional: el que la envidia y el odio son realmente tributos del éxito y deben aceptarse como parte de él. Píndaro, dirigiéndose a Hierón, rey de Siracusa, dice de su elevada posición: “Es mejor ser envidiado que compadecido”. El conseguir la gloria es algo tan valioso que puede permitirse pagar por ella el precio del odio. Pero detrás de esto Pericles implica algo menos corriente. Los atenienses de su tiempo estaban muy interesados en hallar un equivalente moderno al heroísmo del legendario pasado. Creían haber igualado en las guerras persas las hazañas de los héroes muertos tiempo ha, pero veían que ningún equivalente moderno tendría sus peculiaridades, ya que el hombre vivía no por su honor personal sino por el de su país y esto exigía un tipo diferente de comportamiento. Atenas declaraba ser superior a las otras ciudades de Grecia, y su superioridad radicaba en parte en estar por encima de las debilidades humanas tan comunes como la sensibilidad a la crítica o el resentimiento por los denuestos. En este aspecto Pericles la ve no como una ciudad entre muchas sino en un glorioso aislamiento. Alentaba esta actitud. Si Atenas había de ser fiel al espíritu divino que animaba su ser, debía ser distante y formidable. Podía declarar que llevaba muchos beneficios a otras ciudades, pero éstos solo eran posibles porque contaba con poder suficiente para garantizarlos contra causas hostiles o rivales.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

© Ramon Alcoberro Pericay