CIVILITZACIÓ

NACIMIENTO Y MUERTE DE LAS CIVILIZACIONES

Ramon ALCOBERRO

 

 Las civilizaciones mueren como los hombres; sin embargo no mueren a la manera de los hombres. En ellas la descomposición precede a la muerte, en vez de seguirla.

Georges Bernanos

 

Vivimos en las primeras décadas del siglo XXI con una extraña sensación vital de desconcierto. La crisis económica que se inició en 2007-2008 ha acabado por degenerar en una especie de pesimismo histórico (y de escepticismo político) más peligrosos, incluso, que la misma crisis. De una manera difusa pesa en el ambiente la intuición de que algo grave sucede en Europa occidental y en Estados Unidos. La sensación de que Occidente está amenazado en su estilo de vida y de que estamos tocando, incluso, una crisis de civilización se ha agudizado con el desafío del terrorismo islámico, ante el que parece que nadie sabe muy bien cómo reaccionar. Los atentados de la Gihad Islámica en Europa, el fracaso de los intentos democratizadores de lo que se llamó la Primavera Islámica, el autogolpe de Estado en Turquía, la errática política de Bush, Obama y Trump, etc., plantean un panorama político desolador para los próximos años. Algunos pensadores del ámbito conservador  llevan desde el hundimiento del comunismo en 1989, anunciando, a veces con indisimulado regocijo, el “inexorable” (?) choque de civilizaciones que enfrentaría a la Europa laica (y rica) con el Islam. Y esas voces son cada vez más escuchadas porque, aunque exageren el peligro, el temor es subjetivamente real para mucha gente. Y sería bueno no olvidar (historia docet) que gente cuya única obsesión es la seguridad se convierte muy fácilmente en un peligro para la libertad.

 

¿Colapso?

El miedo a un de colapso de la civilización occidental, que una vez fue también cristiana, se palpa en la protesta generalizada contra la inmigración, en el ecologismo banal, en la crisis de la educación, en la degradación de las condiciones de vida de la clase media, en la falta de trabajo para los jóvenes, y en las políticas represivas contra la disidencia interna, crecientes en muchos países europeos. Un montón de indicios llevan insensiblemente a pensar que Occidente se hunde y nosotros con él. Nuestros miedos se miden en el temor injustificado a cualquier tecnología alimentaria y en la disminución de la natalidad. La difusa sensación de que nuestra civilización pueda desaparecer; y de que estamos a un paso del abismo, no para de crecer. Films catastrofistas, alternando con noticias de corrupción política y con cataclismos naturales, son el pasto que ofrecen las televisiones a la mayoría de habitantes del planeta.

Pero hay dos preguntas que resultan bastante complicadas de responder cuando se habla con cierta frivolidad, o con intenciones directamente reaccionarias, sobre la crisis de eso que llamamos “civilización occidental” aunque nadie sabe muy bien cómo definirla. Incluso por una necesidad metodológica, antes de anunciar el advenimiento de nuevos tiempos obscuros (que siempre ha sido una rentable especialidad de los falsos profetas), la filosofía y la   sociología harían bien en poner en claro el vocabulario y  en responder a dos preguntas previas: ¿cómo se define a una civilización?, y sobre todo,  ¿qué significa “Occidente” como concepto? Cuando no se clarifican el lenguaje y se da rienda suelta a las emociones más primarias resulta relativamente fácil hacer trampas y convertirse injustificadamente en profeta de calamidades nucleares o ecológicas al por mayor.

 

   Para definir “Civilización”

Merecería todo un libro, por lo menos, intentar una respuesta consistente, y no solo basada en metáforas, a la pregunta sobre qué es una civilización. En su libro Gramática de las civilizaciones (1963), el historiador Fernand Braudel escribió: “Sería agradable definir la palabra civilización con claridad y simplicidad, como se define una línea recta, un triángulo o un elemento químico….”. Decididamente eso no es posible; pero Braudel ofreció algunas precisiones que está bien recordar. Una civilización consiste, a la vez, en un territorio, más o menos amplio (que puede ir desde una provincia a un imperio), una sociedad (con sus jerarquías política, sus estructuras de poder, sus costumbres…), una economía (de subsistencia, de producción, de intercambio…) y una mentalidad colectiva (creencias, sistemas de valores, esquemas intelectuales arraigados…).

Solo estudiando cómo evolucionan y cómo se interrelacionan esos cuatro elementos se podría responder adecuadamente al debate sobre la crisis de civilización que generalmente se plantea usando todavía un lenguaje muy propio del siglo XIX (y de la justificación del imperialismo europeo), y que se pierde en vaguedades conceptuales y en divagaciones sobre si una civilización consiste en una entidad de tipo espiritual o en un conjunto de relaciones materiales. En la filosofía y aún más en la psicología contemporánea se tiene hoy por bastante aceptado que espíritu y materia interaccionan en la vida de los humanos. Pretender poner un elemento por encima del otro viene a ser como plantearse si fue primero el huevo o la gallina.

Es más fácil de responder a la cuestión sobre ¿qué es Occidente? Hoy ya no se puede sostener seriamente que Occidente consiste solo y únicamente en  los pueblos blancos y cristianos de Europa y del norte de América. Hace ya mucho tiempo  que los flujos financieros, culturales, informáticos y urbanos de Occidente se extendieron  a Japón, China, América latina e incluso a África. En todas partes del mundo, miles de millones de seres humanos son perfectamente conscientes de estar embarcados en el mismo barco y de, que si se hunde la civilización occidental, perecerán ellos también. Si esa entidad difusa que llamamos Occidente entrase en colapso, los derechos de las mujeres o de las minorías sufrirán todavía más de lo que sufren hoy. Pero no hay que llamarse a engaño. La idea de que algún día se hablará de la civilización occidental como hoy se habla de los dinosaurios, como un mundo extraño y desaparecido, habita realmente en las mentes de algunas minorías de desclasados, nihilistas y políticamente radicalizados (blancos o no), en nuestras grandes ciudades. Y es el sueño húmedo de muchos islamistas radicales y de algún profesorcillo universitario que no sabe lo que se dice. El catastrofismo es un género en alza, pero si alguna vez la retórica banal de un Zizek, o de cualquiera de sus imitadores, pasase de las musas alcohólicas al teatro social, tendría consecuencias brutales. Incluso para ellos, por cierto.

La tesis tradicional de O. Spengler, en un libro de gran impacto entre las dos guerras mundiales, La decadencia de Occidente (1918) presentaba las civilizaciones como círculos culturales irreductiblemente cerrados, y  que tienden a chocar entre sí cuando entran en contacto… Pero esa tesis se ha revelado objetivamente errónea. Occidente hoy ya no constituye un espacio físico o geopolítico cerrado, sino que más bien es un espacio simbólico, básicamente de carácter moral. Occidente significa hoy derechos humanos, feminismo, sindicatos y economía abierta. Todo lo  humano es perecedero, pero incluso si se produjera la reducción de Europa y Estados Unidos a la pura insignificancia política o económica (y hay que recordar que Europa es con diferencia el continente donde mejor se vive en todo el planeta Tierra), eso no implicaría necesariamente el hundimiento de lo que Occidente ha aportado en tanto que concepto.

 

Pero; ¿por qué?

Tampoco es inútil preguntarse, aunque solo sea como ejercicio intelectual, ¿cómo iba a producirse el descalabro o la famosa “decadencia de Occidente” que, con o sin razón, tanta gente teme y tantos políticos conservadores anuncian? Disponemos de hipótesis diversas para explicar cómo se originaría la catástrofe. No todas esas hipótesis son necesariamente ociosas, imposibles y ni siquiera remotas. La catástrofe, o el simple azar brutal, siempre resulta un escenario conceptualmente posible; y eso es así aunque los profetas de catástrofes sean tipos francamente repugnantes. El debate sobre las causas de la crisis de civilización viene de lejos y no es ocioso. Según la historiografía romántica una civilización perece cuando la gente deja de creer en sus valores propios y se acomoda a modos de vida ajenos. Hoy podemos añadir muchas otras causas que nos acercarían a escenarios catastróficos. Terrorismo islámico o cibernético, crisis financiera, cambio climático y subida del nivel de los océanos, invierno nuclear, virus gigantescos, revuelta de los robots, fabricación de una nueva especie posthumana… Ray Kurzweil propone, incluso, conseguir la “singularidad” posthumana en 2040 lo que nos llevaría a vivir plenamente en un nuevo escenario civilizatorio. Ninguna de esas profecías es del todo imposible. Pero para terminar con lo que significa Occidente tendría que producirse una conjunción de situaciones por lo menos altamente complejas. Parece muy improbable que uno solo de esos factores resultase suficientemente decisivo como para producir un colapso en la civilización y el advenimiento de una nueva Era.

Las civilizaciones no mueren por un solo motivo sino por la conjunción de  múltiples factores, algunos predictibles pero muchos azarosos. Con eso no estoy defendiendo que no sea útil escuchar a Casandra. La historia está llena de civilizaciones que un día fueron inmensas  y poderosas pero cuyo recuerdo incluso se borró del todo durante milenios. Sumer fue una civilización dominante hace 4000 años en lo que hoy es Irak y nadie supo nada de ella hasta que los arqueólogos la redescubrieron en el s. XIX y hasta que Oppert descifró la escritura cuneiforme en 1855. Del Egipto que fascinó a Platón se perdió incluso la capacidad para leer su alfabeto hasta que lo recuperó  Champolion (s. XIX). Celtas y vikingos construyeron grandes civilizaciones pero hoy solo les recuerdan en algún museo escandinavo y en novelas de aventuras. También ha debatido mucho sobre si una civilización muere o si se suicida. Fue Arnold Toynbee quien afirmó en su monumental Estudio de la historia (en doce volúmenes, 1934-1961) que “las civilizaciones mueren por suicidio y no por asesinato”. René Grouset en Balance de la historia (1946) argumentó que “las civilizaciones mueren por sus propias manos”. Es decir, por suicidio.

La muerte o el colapso de una civilización no se produce solo y exclusivamente por causas materiales, ni tampoco por causas espirituales. Es necesaria una combinación de ambas. Y al morir toda civilización produce un vacío que dura centenares de años. Lo que sí parece evidente es que en la muerte de una civilización influye muy decisivamente la falta de clarividencia de sus élites. Son ellas las que dejan de creer en sí mismas o las que se equivocan, como ya intuyó Platón en su República, al permitir que lleguen al poder gentes perfectamente incompetentes.

 

Una hipótesis (o un deseo…)

Voltaire escribió que las civilizaciones, como los dioses de los romanos, tienden a creerse eternas…  hasta que mueren. La demagogia mata a la democracia y el egoísmo de los ricos acaba produciendo revoluciones que los entierran. Pero hay una causa todavía  más importante en la muerte de las civilizaciones: su propia incapacidad para adaptarse y evolucionar. Por eso una civilización como la occidental que, hoy por hoy, depende del petróleo y de los combustibles fósiles tanto como de las libertades públicas, se pondría a sí misma en grave peligro si no resulta capaz de buscar otras alternativas energéticas, o si opta por el miedo y el autoritarismo.

El catastrofismo contemporáneo y nuestras dudas sobre el futuro tienen mucho que ver con el miedo a no haber sabido evolucionar correctamente, integrando las diferencias que se dan en internamente todas las civilizaciones. Nadie en su época pudo imaginar que un puñado de cristianos zarrapastrosos lograse acabar con el imperio romano. Cuando uno se interna por las ciudades con mayoría de población musulmana, que de hecho ya rodean físicamente Londres o París, no puede dejar de pensar que muy posiblemente, de triunfar algún día, los gihadistas islámicos harían con nosotros lo mismo que los cristianos hicieron con la antigua Roma.Gracias a los bárbaros y a los cristianos las ovejas pastaron en el foro romano. Pero si el modo de vida de Occidente desapareciese, y dado que hoy Occidente abarca ya casi todo el planeta, las consecuencias, también para la mayoría de los musulmanes, serían incomparablemente más brutales que las de la caída de la Roma imperial.

La hipótesis más plausible, sin embargo, es que seamos lo suficientemente imaginativos como para evolucionar. Nuestros modos de vida cambiarán por la influencia de la tecnología pero la democracia, las libertades públicas y el humanismo occidental han de continuar aunque sea en otras formas. Simplemente porque no hemos sabido producir aún nada mejor. De ahí la importancia de proteger la Ilustración y los derechos humanos que constituyen lo mejor que ha dado de sí nuestra civilización. Mientras los derechos humanos sigan en pie, Occidente seguirá siendo, pese al imperialismo y al totalitarismo,  el mejor modelo civilizatorio que ha conocido la humanidad porque es el que ha ofrecido más libertada y más dignidad al mayor número de gentes. Pero el compromiso con las libertades no basta para proteger a Occidente. Mucho peor que los bárbaros es la barbarie emocional que siempre ha acechado a la humanidad y que posiblemente está inscrita en nuestra propia biología. Civilización y barbarie no son dos mundos tan radicalmente separados, como sabemos muy bien por la experiencia de la bomba atómica, de los campos de concentración nazis, del Tribunal de Orden Público franquista  y del Gulag soviético. El horror del Sonderkomando,  Mi Lay o Sarajevo no es un simple accidente de la historia, sino una fuente de reflexión moral. La hybris (desmesura) no solo existe en la tragedia griega, sino que es un aviso intemporal. Y siempre conviene temer muy especialmente nuestra propia barbarie de civilizados.

 

© Ramon Alcoberro Pericay