PRECARIAT

GUY STANDING: “EL PRECARIADO” UNA APORTACIÓN SOCIOLÓGICA

Ramon Alcoberro

 

El concepto de precariado elaborado por el sociólogo británico Guy Standing (1948) es, junto al de sociedad líquida de Z. Bauman (1925-2017), una de las aportaciones más significativas de las ciencias sociales para la comprensión de los cambios que se han producido en las sociedades urbanas a principios del siglo XXI.

Uno de los fenómenos que definen este cambio de siglo es lo que se ha dado en llamar “El fin de la clase media y el nacimiento de la sociedad de bajo coste” (que es también el título de un libro de Massimo Gaggi y Edoardo Narduzzi, 2006). Sociedad líquida y precariado es lo que surge cuando el Estado del Bienestar socialdemócrata ha entrado en descomposición.

Podrá criticarse que ambos conceptos hacen referencia a fenómenos que, siendo globales, inciden especialmente sobre sociedades del Norte – y en el caso del precariado, además, en entornos casi exclusivamente urbanos. Pero existe un precariado mucho más numeroso en el Sur (de hecho, sin la economía globalizada y  los bajos salarios que se pagan en el Sur no existiría precariado en el Norte). Incluso podría representar una cuarta parte de la fuerza de trabajo en el sur de Europa y en el Reino Unido. Y progresivamente está dejando de ser un fenómeno del entorno obrero y urbano. El precariado es el conjunto de gentes que viven a base de empleo inseguro, inestable, con contratos a tiempo parcial; forzados a aceptar trabajos generalmente  muy por debajo de su capacitación.

Precarios son los antiguos obreros expulsados del ámbito industrial, los inmigrantes con contratos irregulares, los hogares unifamiliares, los jóvenes con estudios universitarios y sin trabajo a la vista… Los precarios no disponen de su propio tiempo, ni son capaces de prever su propio futuro con un mínimo de perspectiva. Cada vez hay más médicos y más profesorado universitario precario. Por poner un ejemplo, en 2.015 la mitad de los docentes universitarios de Catalunya cobraban entre 300 y 1.200 euros mensuales (y un recolector de aceitunas en Jaén un poco más de 50 euros diarios por 6,15 horas al día – no diré más). El neoliberalismo ha producido lo que Gaggi y Narduzzi describen como: “Un universo humano flexible, descontextualizado, deseoso de ampliar al máximo las posibilidades de consumo. Un universo infraideologizado.” Son los precarios quienes soportan con contratos basura y sobrexplotación el coste de los ajustes neoliberales.  Standing ha mostrado que el precariado ya ha dejado de ser algo circunstancial para convertirse en estructural; en una clase imprescindible para la continuidad del actual modelo de económico.

En palabras de Standing en prólogo a su libro El Precariado. Una nueva clase social (ed. or. 2011): “La economía de mercado global (…) ha traído consigo la inseguridad económica a muchos millones de personas” (del prólogo). Es importante entender el precariado porque las inseguridades y las reivindicaciones de esta nueva clase marcarán los conflictos sociales del futuro y muchas decisiones del presente, como es el caso del auge de la extrema derecha. Se trata de: “Cientos de millones de personas sin un anclaje estable en su trabajo, que se están convirtiendo en una nueva clase peligrosa por su propensión a dar pábulo a voces extremistas o fanáticas”. Los precarios, hastiados de vivir en una situación de mera subsistencia y de pelear a diario con el abismo social son una realidad insoslayable de la globalización. Desamparados y presa fácil del radicalismo (muy especialmente de la xenofobia), pueden usar su voto y su presión social para producir unos cambios políticos de alcance muy profundo – y no necesariamente más democráticos.

La precariedad se ceba especialmente en los jóvenes pero puede caer sobre cualquiera; afecta a la residencia, al puesto de trabajo, al salario y a la protección social a la vez. Aunque la mayoría de los precarios ni cree ya en los partidos políticos, ni acude a las manifestaciones, la fuerza de ese cambio social se puede notar a poco que uno camine por la periferia de cualquier gran ciudad europea. Tópicamente, el lugar de los precarios no es casi ni tan siquiera la ciudad propiamente dicha, sino el ámbito más o menos marginal de los barrios obreros (o ex/obreros), las áreas metropolitanas que rodean las ciudades  que, a su vez, ven vaciarse los centros urbanos y los barrios tradionales cada vez más invadidos por turistas. Pero se trata de una clase global que hoy incluye a la inmensa mayoría de los jóvenes y también a millones de obreros industriales y de miembros de la clase media que al perder sus empleos han perdido su status y, de paso, se han visto condenados a una vejez sin pensiones y han condenado a sus hijos a una vida sin oportunidades, ni identidad social.

 

Ansiedad

El viejo Marx usaba el término “alienación” para definir la situación de una clase obrera industrial, el proletariado, que era incapaz de revelarse porque vivía obcecado con algunos autoengaños. El nuevo precariado no está ni tan siquiera alienado porque es dolorosamente consciente de su situación, aunque también sabe de su absoluta imposibilidad para transformarla. Los precarios son las víctimas de la crisis y  han llegado tarde (como generación) al banquete de la Sociedad del Bienestar.

No hay que sorprenderse si, como apunta Guy Standing, en el precariado “se detecta mucha cólera y mucha ansiedad”.  Cólera y ansiedad son sentimientos un tanto primarios que definen bien la situación social a la que en estas primeras décadas del siglo nos está conduciendo la globalización. Por seguir con palabras de Standing: “… con el trauma financiero de 2008 ha emergido la realidad oculta de la globalización. El ajuste global demorado durante demasiado tiempo, está hundiendo a los países ricos al mismo tiempo que saca a flote a algunos de los pobres. A menos que ser resuelvan las desigualdades obstinadamente desdeñadas por la mayoría de los gobiernos durante las dos últimas décadas, la desazón y sus repercusiones podrían llegar a ser explosivas.”

El período que va del fin de la Segunda Guerra Mundial hasta mediados de los setenta fue dominado por el laborismo; se construyeron viviendas sociales, subsidios para parados, garantías de un cierto bienestar, etc. Pero el mismo crecimiento económico dio paso a la globalización, en un proceso que tiene algo de hegeliano, en el sentido de que según Hegel toda realidad produce dialécticamente a su contraria. La política económica neoliberal de los años 80 y los 90 tenía como objetivo crear mercados libres, pero en lugar de eso crearon un sistema rentista basado en los derechos privados de la propiedad, donde incluso el ámbito industrial cedió ante el capital financiero.

Llegados a este punto es importante recordar que Internet y las tecnologías de la información (TIC) han hecho desaparecer buena parte del trabajo pagado (remunerado, por decirlo con más exactitud) y, por lo tanto, hay mayor competencia por lograrlo. Eso se observa mejor cuando se explica en inglés. Un trabajo remunerado (“labour” en inglés) tiene valor de cambio, se cambia por dinero. En cambio la palabra “work” tiene una definición más amplia; son todas esas actividades que tenemos que hacer, o que queremos hacer, y que muchas veces están fuera del mercado laboral. Trabajo entendido como “work” hay mucho en todas partes y siempre lo habrá. Pero como “labour” tiende a escasear. Por lo tanto, el precariado se encuentra en una situación casi imposible. Por mucho que trabaje se le hace cada vez más difícil “amonedar” su esfuerzo.

 

Emigración

El precariado es la nueva clase social contemporánea constituida por quienes están pagando la factura de una globalización neoliberal que ellos no han disfrutado. Los condenados al paro estructural o imposibilitados para introducirse en el marcado laboral, gentes sin perspectivas. “Cientos de millones de personas sin un anclaje estable en su trabajo, que se están convirtiendo en una nueva clase peligrosa” (cap. 1º). A estas alturas es del todo innegable que la llegada a Europa de millones de trabajadores inmigrantes ha producido una disminución general de los salarios, que ha incidido de forma mucho más llamativa sobre la gente más débil. Para negar esa obviedad hay que ser miembro de una ONG “progresista” o ingenuo de nacimiento. Que la clase obrera se ha tenido que comer los resultados de la liberalización (a base de peores salarios, de menores servicios sociales y de retrasos en la atención médica) no se puede negar sin un punto de cinismo. “Los precarizados –dice Standing– no se sienten miembros de una comunidad laboral solidaria.” Han sido abandonados a su suerte por las instituciones (sindicatos incluidos) y ya no confían en nadie.

Inmigrantes y trabajadores precarios compiten por las migajas de un festín al que no han sido invitados. Pero quienes han abierto la puerta a los inmigrantes (y eso lo saben todos los precarios) son los grupos neoliberales, los socialistas y la Iglesia Católica – ésta mediante una peculiar comprensión del concepto de “caridad” que habría avergonzado hasta a santo Tomás de Aquino. Sea dicho de paso que, para Aquino, la lucha contra la pobreza no hubiese consistido nunca en cambiar de país a los pobres, sino en acabar con la pobreza allí donde se encuentra realmente. Fue el Aquinate, aunque hoy los teólogos “de la liberación” ya no lo lean, quien escribió en la Summa Teologica (CXXXIII) que: “Las riquezas exteriores son necesarias, sin duda alguna, para el bien de la virtud“. Sea dicho en honor a la verdad.

El precariado no tiene, todavía, una representación política clara. Sencillamente, nadie hace nada por él, ni siquiera la clase obrera sindicalizada; – y en consecuencia él paga a la socialdemocracia con la misma moneda. De hecho, en Europa, su principal batalla es con la inmigración. Inmigrados y precarios comparten situación de marginación económica y duras condiciones de vida (trabajos temporales, falta de seguridad social), pero hay un vacío cultural entre ellos y una competencia obvia.

Standing recuerda en su libro que en 1989 llegaron a la población italiana de Prato (cercana a Florencia) treinta y ocho trabajadores chinos, la mayoría procedentes de Wenzhou en la provincia de Zhejang (un lugar del que yo no había oído hablar jamás). Pues bien: “llegaban vía Frankfurt, con visados de turista por tres meses y seguían trabajando clandestinamente después de que estos hubiesen expirado, lo que los dejaba en una situación vulnerable y explotable”. Empezaron a multiplicarse y el resultado fue que: “En 2008 había en la ciudad 4.200 empresas chinas y 45.000 trabajadores chinos que constituían alrededor de la quinta parte de la población de la ciudad”. Cientos de empresas locales y de toda la vida se hundieron y 11.000 trabajadores locales perdieron su trabajo a manos de personas traídas ilegalmente desde la otra parte del mundo por mafias que, además de no respetar ningún derecho laboral, ni siquiera pagan impuestos. El resultado fue la victoria en toda la comarca de la extrema derecha, como lo ha sido recientemente en Francia el ascenso del Frente Nacional de la familia Le Pen. Que el precariado tenga un gran componente antiinstitucional, que deteste a la inmigración, o que vote a la extrema derecha, no debiera sorprender a nadie.

Volviendo al libro de Standing: “Prato se ha convertido en un símbolo de la globalización y de los dilemas planteados por el crecimiento del precariado. A medida que se extendían los talleres de trabajo esclavo chinos, los italianos perdían su papel proletario y se veían obligados a porfiar por un empleo precario o a quedarse sin empleo. La parte inmigrante del precariado estaba expuesta a las represalias de las autoridades al tiempo que dependían de dudosas redes dentro de su comunidad. Aunque no es en absoluto único, Prato refleja algunas consecuencias indeseables de la globalización.”.

Procesos como estos se han producido en estos años en toda Europa, y en Catalunya se pueden apreciar a simple vista aquí paseando por la calle en Santa Coloma de Gramenet, Mataró o Martorell. Recordemos que el incendio intencionado de talleres y almacenes chinos por parte de la población local no es en absoluto algo raro. Se ha producido reiteradamente  en el País Valencià en los últimos años; en el famoso (?) “polígono chino” de Carrús en Elx, País Valencià, el primer incendio quemó al término una gran manifestación en 2004 y luego los ha habido repetidamente. En los primeros meses de este año (2017) en Getafe (Madrid) ha ardido ‘casualmente’ un almacén chino de 3.000 metros cuadrados y se han quemado, también  ‘por accidente’ en dos semanas de febrero tres bazares chinos en Asturias. Si India produce cada año más de doscientos mil nuevos ingenieros es fácil suponer qué consecuencias tendrá eso en los futuros equilibrios geoestratégicos y en los comportamientos políticos de países del Norte donde la gente se siente cada vez más acosada por la globalización.

El precariado pude ser una clase peligrosa en la misma medida en que una multitud atemorizada puede volverse agresiva. Como dice Standing (cap. 1º), es: “Una masa de gente,    –potencialmente todos quienes no pertenecemos a la élite, anclada en sus riquezas y en su aislamiento de la sociedad– en una situación que solo puede describirse como alienada, anómica, ansiosa y proclive a la cólera.” El proletariado clásico se encuentra en proceso avanzado de  desaparición / descomposición (y con él sus valores sindicales, solidarios, etc.), de manera que tiende a ser substituido por precarios. Se ha producido una mutación cultural que se expresa con Internet y con la Globalización y las normas del pacto social tradicional se han hecho añicos. De esa mutación surge una nueva clase constituida por individuos a quienes se pide ser adaptable a cambios bruscos en el mercado laboral a escala global. “Al precariado se le dice que debe responder a las fuerzas del mercado y ser infinitamente adaptable”, pero ni los sindicatos ni los partidos institucionales hacen nada por él. Que los precarios se distancien de la política parece perfectamente obvio. Al fin y al cabo, la política no les ofrece nada –excepto el papel de víctimas.

 

¿Una clase peligrosa?

El precariado entro en la escena social como una consecuencia más de treinta años de políticas neoliberales, promovidas por Margaret Thatcher y Ronald Reagan y secundadas también, con el obvio entusiasmo de los conversos, por la socialdemocracia europea. La flexibilidad laboral y la política de bajos salarios (supuestamente la única que permitía competir con China en un mercado abierto) acabó dando como resultado inseguridad laboral, pérdida de derechos, etc. Si a ello se le añade que la informática también reduce los puestos de trabajo (fue diseñada para eso, obviamente), entonces nos encontraremos inevitablemente con millones de trabajadores que ya no son simplemente un “ejército de reserva” del capitalismo, como decía Marx, sino algo muy distinto. Ser precario significa vivir constantemente en la inseguridad económica, alternando contratos temporales con épocas de paro. Eso es algo que si bien puede resultar incluso inevitable para un joven en los primeros años, como peaje de entrada en el mercado laboral, se vuelve devastador, incluso emocionalmente, cuando la situación se prolonga por décadas. Conviene no olvidar que en el primer trimestre de 2016 había en España 1.610.900 hogares con todos sus miembros en paro, (de los que 392.400 eran unipersonales). La erosión social e institucional que todo ello produce es más que evidente.

Estudiantes que se saben eternos becarios, antiguos cuadros empresariales despedidos de sus empresas en una reestructuración laboral, y sin perspectivas de reengancharse, trabajadores inmigrantes irregulares, mujeres sin estudios y trabajadoras de la limpieza o en el turismo, o  madres solteras con hijos a cargo; constituyen un magma social de difícil análisis porque no les une más que la frustración y el resentimiento. Saben por experiencia que el “empleo a tiempo parcial” no existe; simplemente hay empleados a tiempo parcial porque cobran menos. Sin un salario estable no se puede acceder a la clase media, pero sin trabajo estable y una jornada laboral fija tampoco se puede ser un exactamente un obrero. Lo que lo que define a millones de personas es sencillamente eso que Standing ha llamado “existencia precaria”. No se trata exactamente de una clase en sentido marxista tradicional porque no poseen “conciencia de clase”, ni un programa de transformación social. Tampoco forman parte de las que Bauman denominaba “vidas desperdiciadas”, que son las de los refugiados de los conflictos bélicos en países del Sur que malviven sin objetivos en campos de refugiados y casi a la intemperie y están condenados a una miseria que a nadie parece importar. Pero los precarios son gentes abocadas a la incertidumbre laboral y a la pérdida de derechos y pueden, si alguna vez se lo proponen, obturar el sistema.

Incluso estudiar no les garantiza ya nada, porque los aprendizajes y las habilidades que han sido difíciles de lograr, son, en cambio, relativamente fáciles de perderse con el paso del tiempo. “Quien sigue un curso de formación u obtiene una titulación universitaria no sabe si le rendirá algo, a diferencia de quien es ya un ejecutivo que sigue un curso como parte de una carrera cuidadosamente diseñada. A este problema se le añade el probable incremento del efecto de frustración de estatus cuando se tienen más habilidades que oportunidades para ponerlas en práctica” (cap. 5º).

La vida del precariado consiste en gran parte en buscar trabajo, en lidiar con la burocracia y en hacer colas. Como describe Standing: “Hacer cola, trasladarse hasta ella, llenar impresos, responder a preguntas y luego a nuevas preguntas, obtener certificados para demostrar una cosa u otra, todas esas actividades consumen mucho tiempo, pero son habitualmente ignoradas” (cap. 5º). Parece como si el tiempo del precario no valiese nada, pero emocionalmente sentirse para siempre un número en una cola produce efectos brutales.

Se olvida muy fácilmente que el trabajo cumple a la vez una función económica, una función social y una función emocional y psicológica. No solo permite ganar dinero y vivir (se supone que) dignamente; también permite encontrarse con un grupo de iguales, vivir en comunidad con otras gentes y hacer amigos. Y finalmente ofrece una identidad, unos hábitos y una seguridad emocional sin la cual sería muy difícil vivir. Pero esa estabilidad emocional se hace añicos cuando uno vive sin perspectivas, encadenando paro y trabajos ínfimos en el precariado. El estrés, el miedo a no llegar a fin de mes y la vergüenza que significa tener que pedir resultan devastadores en esa situación. Vivir sin poder construir un proyecto de futuro acaba por resultar devastador.

 

Las siete clases sociales en la sociedad neoliberal.

Según Standing el precariado es la actual clase explotada en las sociedades globalizadas. Puede hablarse estrictamente de clase porque por una parte ocupa un lugar específico en la economía y, además, porque de forma incipiente está adquiriendo una conciencia propia aunque su composición como tal sea muy heterogénea.

En su opinión hoy puede considerarse que existen en la sociedad neoliberal siete grandes clases que sintetizamos así:

1.- Élite (… pequeño grupo de ciudadanos espectacular y disparatadamente ricos (…) que aparecen en la lista anual de Forbes como excelsos seres sobrehumanos).

2.- i 3.- Altos directivos y ejecutivos (Este grupo se concentra en las grandes empresas, las agencias gubernamentales y el funcionariado que dirige y gestiona la administración pública).

4.- Profitécnicos (…término que combina las ideas tradicionales de ‘profesional’ y ‘técnico’ y que se aplica a quienes poseen habilidades cotizadas en el mercado).

5.- Trabajadores industriales (… que han mermado considerablemente y han perdido su conciencia de solidaridad social).

6.- Precariado.

7.- Subproletariado (…flanqueado por un grupo de desempleados y un grupo deshilvanado de fracasados e inadaptados sociales).

Bajo el neoliberalismo vuelve a estar de actualidad la lucha de clases. Se reproduciría, en formas nuevas un modelo social que parecía ya extinto al menos en el Norte. Pero standing no es el único autor que afirma que la lucha de clases se consolida ahora en nuevos moldes. Regresa, por una parte, lo que Gaggi y Narduzzi denominan: “una aristocracia muy patrimonializada y acaudalada (…), los vencedores en la ruleta de la innovación capitalista” y, por otra surgen los nuevos proletarios (los que Standing denomina “precarios”). Gente que: “sustituirá el coche por el transporte público y vivirá de servicios sociales esenciales” (aunque a diferencia de lo que escriben Gaggi y Narduzzi en Europa todavía no están ni remotamente próximos a modelos sociales de tercer mundo). Y en medio se encuentran: “una élite bastante numerosa de tecnócratas del conocimiento (…) que raramente ascienden al olimpo de los millonarios” y “una sociedad masificada de renta medio-baja” (que viaja en Ryanair y compra en Ikea). La diferencia es que en el horizonte previsible ya no se otea la revolución. Solo grandes cantidades de malestar y nihilismo, cada vez más difícil de digerir. Palabras como “flexible”, “ágil”, “creativo” (y hasta “nómada”), maquillan mal situaciones de degradación laboral, a veces espantosas.

El precariado no es solo la clase de quienes han pagado la fiesta neoliberal. También, como individuos, están empezando a ser una especie de ciudadanos de segunda en su propio país. El precario se acerca, incluso físicamente, más al concepto de residente (circunstancial) que al de ciudadano, porque se ve obligado a cambiar de lugar en la medida en que busca nuevos trabajos. Standing ha hablado del paso “from denizens to citizens”. “Denizen” es alguien que ha perdido los derechos que un ciudadano da por supuestos. Cada vez más gente se da cuenta que no tiene acceso real  a la justicia porque no se puede permitir un abogado ni puede permitirse el lujo de perder los juicios; y esto es parte importante de la crisis global en relación al precariado: perder derechos civiles de manera continua degrada la vida.  En España, con cinco millones de personas en riesgo de exclusión severa (según el Informe Foessa (2014),  la situación es mucho más preocupante si cabe.

El precariado va perdiendo progresivamente derechos de ciudadanía. Su voto está cada vez más condicionado por sus necesidades inmediatas y es sumamente fácil de manipular. Sus opiniones políticas se vuelven primarias porque su misma urgencia para encontrar trabajo le ciega a análisis más complejos. La jubilación que le espera, si llega, será ínfima, los sindicatos no le apoyan y pierde la red de solidaridades que normalmente teje un ciudadano con su entorno. Solo el directivo “manda” en la empresa y el precario (contratados temporales, dependientes, etc.), serían algo así como gentes que están como de paso por ahí. Si además el precario es un inmigrante,  la situación es todavía peor.

El desarrollo como potencias industriales de Chindia (China + India) se ha basado en trabajadores precarios y en España desde hace ya décadas el 90% de los nuevos contratos son precarios. Solo en 2015 se firmaron 17,07 millones de contratos a tiempo parcial. Pero lo mismo sucede en todas partes. La tendencia es que ya ni siquiera los trabajadores con cualificaciones y con contrato fijo tengan físicamente un despacho fijo en su oficina. En 2017 el 9% de trabajadores franceses trabajan ya en condiciones de “open desk” (oficina abierta), incluyendo los de la sede de Danone en bulevar Haussmann, en pleno centro de París. Ya estamos ante una clase social global y universal. Y la respuesta de los gobiernos a este problema en vez de plantearse en términos de derechos humanos y de justicia social se plantea (como mucho) en términos asistenciales. En la concepción del mundo que sostiene el neoliberalismo todo debe ser mercantilizado y las instituciones de caridad substituyen a los Estados.

Privatizar la medicina y la asistencia a los mayores, etc., es solo un aspecto particularmente brutal de esa política porque significa que se pagan salarios más bajos a los médicos (muchas veces importados, además de Sudamérica o de Rumanía en el caso español) y que se obliga a los hijos a malvender la casa de los padres para poder pagar la residencia asistida de gentes mayores (que además, y por su parte, se dejaron media vida pagando impuestos).  Lo realmente significativos es que los salarios reales en España, por ejemplo, no han aumentado desde 1978, cuando tras la muerte de Franco el capitalismo temió disturbios gravísimos. Y de hecho, más bien están ahora (2017) a niveles de principios de la década de los ’70 del siglo pasado, o incluso anteriores. Un coche y un piso de precio medio se compraban en 1975 en Madrid o Barcelona en 60 o 70 meses de un salario medio y en 2017 se necesitan más de 110 meses. Los puestos de trabajo perdidos en la industria no se recuperarán jamás en el sector servicios. Y mucho menos los salarios. Son los salarios baratos lo que en mayor medida permite tener a raya la inflación. Los bajos niveles salariales y la flexibilidad laboral de China que admiraban los neoliberales hace treinta años son el futuro de los jóvenes de Europa. La globalización tiene esas cosas.

Standing ha insistido mucho en que es falaz considerar que el neoliberalismo “desregula” la economía. Más bien al contrario, la reglamenta de una manera mucho más estricta. Pero lo hace para favorecer a las grandes multinacionales, usando toda clase de cláusulas (incluso, y muy particularmente, los que supuestamente protegen la salud de la población) para evitar el libre comercio y la emergencia de los pequeños productores. Por poner un ejemplo, que no es de Standing pero que cualquier agricultor europeo conoce muy bien: cuando Bruselas impone el calibre de la fruta que puede venderse en el mercado, lo único que en realidad está haciendo es impedir que fruta más pequeña pero igualmente gustosa pueda llegar (más barata) al consumidor, mientras garantiza el monopolio a fabricantes de zumos y yogures.

 

¿Es solución la renta básica?

Standing no cree que la situación de precariado sea reversible, como no lo es la globalización. Más bien al contrario esa clase seguirá creciendo por efecto de la concentración a la que tienden el capitalismo y las sociedades globalizadas. El precariado y los inmigrantes previsiblemente seguirán siendo demonizados, en un cuadro social de inseguridad económica y ansiedad emocional. Disponer de una buena cantidad de precarios tiene incluso un efecto pedagógico para educar a los hijos de las clases superiores en la obediencia al sistema (“niño, como no saques buenas notas, ya sabes lo que te espera”). Standing ha intentado construir una plataforma reivindicativa común para la clase precaria en su libro Precariado: una carta de derechos. Se trata de una carta, bastante voluntarista, de 29 artículos que versan sobre diversos asuntos, entre ellos: la recuperación de los espacios comunales, la redistribución de la riqueza, la renta básica universal, la desmercantilización de la educación, que se detenga la política clasista de inmigración, el acceso a la justicia para todos o diferentes revisiones de los subsidios y las contraprestaciones del trabajo.

La propuesta central de Standing consiste en revisar el sistema social, otorgando a todo el mundo una “Renta Básica de Ciudadanía” a la que se accedería por el simple hecho de haber nacido y/o de ser ciudadano en un determinado país. Esta propuesta lleva discutiéndose ya diez años y a estas alturas (2.007) no espanta a nadie. Incluso en la patronal hay encendidos partidarios de la renta básica que ven como un muro ante el creciente malestar. En Francia y en el Reino Unido muchos precarios son además musulmanes, nacidos ya en el país y, por lo tanto, ciudadanos y votantes de pleno derecho. Su radicalización política es un hecho; y contemplar todos los días por televisión el efecto destructivo de las guerras provocadas por Occidente en Siria e Iraq tiene efectos brutales en muchos de ellos. Es un error grave, propio de malos psicólogos, suponer que aumentar el castigo a alguien lo amansa. Sucede más bien al contrario: lo vuelve más agresivo y resentido.

La renta básica tendría un efecto pacificador sobre las relaciones sociales y sobre la violencia en las grandes ciudades. Pero plantea también problemas importantes: ¿sería considerada una “caridad” vergonzante o un derecho básico de ciudadanía? ¿Se convertiría solo la cara amable de un sistema político clientelista? Vista la cultura del trabajo heredada de la tradición calvinista parece difícil que incluso muchos precarios aceptasen “dinero por nada”. El viejo y mal definido concepto de “dignidad” casa mal con el dinero gratis. Las cosas que se logran sin esfuerzo suelen ser, en general, poco y mal valoradas.

Y aunque nadie duda que una renta básica resulta plenamente aplicable desde el punto de vista económico (bastaría con revertir algunas de las grandes disminuciones de impuestos de que han gozado las multinacionales durante los últimos treinta años), nadie dice que eso no produjese un conflicto grave entre la antigua clase obrera industrial y el precariado. Ya sabemos, además, cómo acabó el Imperio Romano cuando se implantó el “pan y circo”. ¿Es de verdad mejor una renta básica que un ascensor social? ¿O hemos de suponer que el viejo ascensor social basado en el esfuerzo personal ya no tiene reparación posible? Sin embargo, no todo el mundo es reacio a la renta básica. De momento todos los estudios disponibles indican que aplicándola por lo menos aumenta la seguridad emocional de los precarios, e incluso que se trabaja más, no menos. ¿Si tuviera una renta de 400 euros dejaría de trabajar? Ciertamente parece difícil, porque todo el mundo quiere mejorar. Pero la renta daría un poco más de confianza a la gente y tal vez las sociedades urbanas serían menos agresivas. Entre incertidumbres, no se dispone hoy de otra herramienta que la renta básica para evitar que el precariado se convierta en la pesadilla del siglo XXI.

 

Materiales para un debate. Julio, 2017

 

 

 

© Ramon Alcoberro Pericay